Piedra Laja- Genoy Nariño
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miércoles, 28 de diciembre de 2011

AUNQUE YA PINTEMOS CANAS...


En las postrimerías del 2011, me apetece volver a caminar sobre mis recuerdos, recuerdos que hoy forman parte de mi realidad, porque aquellas cosas que vivimos, forjaron nuestro carácter, nuestra forma de ver y vivir la vida…

Este 24 de diciembre pasado, una llamada de mi hermana menor, desde lejanas tierras, llenó mi corazón de diversos sentimientos, por demás contradictorios, la alegría de saber que su corazón está siempre junto a su familia y la nostalgia de saberla físicamente lejos de lo que fueron nuestras costumbres y tradiciones. No se si con el paso del tiempo cada diciembre va perdiendo un poco de lo que fue, o quizá el año también envejezca y en lugar de arrugas y canas, pierda en su lugar calor e intensidad.





Cuando vivíamos en familia y aún estaban entre nosotros mi padre y mi hermana, las navidades eran esperadas con mayor anhelo, no solo por los regalos. Aquí quiero hacer un paréntesis para contarles una pequeña anécdota muy de casa…resulta que cuando mi hermana y yo estábamos a punto de hacer la primera comunión, el curita de la parroquia nos advertía que lo importante de ese momento era recibir a Jesús en nuestro corazón, sin embargo, con confesión a bordo y todo lo que conlleva cargar con esta culpa durante tantos años, nuestro mayor interés eran la fiesta y los regalos. Por esta razón mi hermana haciendo gala de su “terrible ortografía” y para encontrar complicidad y acallar un poco su conciencia, preguntaba a quienes se preparaban en el cursillo y en especial a mi, “¿Tu por qué haces la primera Comunión por RE (regalos) o por G”? (léase Jesús).



Recordé éste hecho al mencionar que nuestra espera durante todo el año a que llegasen las navidades no solo era por RE, pero debo confesarles que tampoco era por G, nuestra mayor alegría era encontrarnos todos los hermanos, en una sola algarabía, en un hablar todos al tiempo y entendernos todo y a todos, en sarcasmos y juegos de palabras que solo leyendo entre líneas nos permitían reír a carcajadas, burlando el dolor, las penas y todos aquellos sinsabores que durante el año nos acongojaron. Esos momentos al calor del hogar, eran un oasis cargado del frescor del amor, el cariño y la alegría de nuestra hermosa familia.



Para los de casa, Stella y yo siempre fuimos las niñas de papá, pará mi padre, no había nieto ni nieta por pequeño y tierno que fuese, que ocupara el sitio de las niñas de su corazón, por lo tanto aún después de muchos años, quienes nos encargábamos de repartir los regalos apostados en el árbol éramos indiscutiblemente mi hermana y yo…Del niño Dios para Leonel, del niño Dios para Nena, del Niño Dios para Oscar, del niño Dios para Muñeca, del Niño Dios para Lula, del Niño Dios para Jaime, del Niño Dios para Totty, del Niño Dios para Ana Julia, del Niño Dios para Stella. Un gran aplauso y besos de agradecimiento a quienes hacían las veces de mensajeros de tan generoso Niño acompañaban la entrega de los obsequios; se le sumaba siempre una bolsa llena de dulces y galletas para todos los asistentes.





Terminada tan agradable labor, (porque no hay mas agradable labor que poder dar), en una gran mesa nos esperaba un delicioso lomo al horno que solo su olor ya alimentaba, con una exquisita salsa de ciruelas que mi mami prepara con gran arte culinario (y todos en casa también), ensalada de frutas (que a mi papá le encantaba) y un potaje de papas y crema de leche entre otras deleites acompañaban un primoroso plato navideño.

Nuestras navidades no eran ni más ni menos que un resumen del amor que durante el año habíamos vivido, una recapitulación de momentos que la vida nos regaló, un inventario de lo que fuimos y no fuimos. En definitiva… un bello episodio más en “Mi vida y otros Cuentos”

domingo, 24 de julio de 2011

¡! A VOLAR !¡

Al comenzar a soplar los vientos de verano y entradas las vacaciones escolares, en tanto planeaban una salida para no tenernos encerradas en casa haciendo estragos, mi papá nos compró unas hermosas cometas para mi hermanita y para mí, encargando la misión a mi hermano Jaime, de llevarnos muy temprano a probar el vuelo de colores que por aquellas épocas abundaban en el barrio y sus alrededores; lo que mi padre no se enteró es que mi hermano, convenciendo a un par de ingenuas niñas de que una cometa grande era mejor que dos pequeñas, el día anterior, desarmó nuestras coloridas ilusiones e hizo con sus restos una sola, eso sí, más grande, vistosa y con una larga cola que hacía gala de eficiencia y dirección para el vuelo, a nosotros no nos importó en tanto se obedecieran las órdenes de llevarnos a un potrero a elevar la inmensa cometa que mi hermano había fabricado para las chiquillas.



Algunos niños del barrio acompañaban a buscar un descampado cercano en el que los cables y conexiones de la tecnología no enredaran nuestros sueños en su vuelo, es obvio entender que era mi hermano el que hacía elevar la cometa y a nosotros nos embobaba con el envío de papelitos diciendo que eran telegramas para el viento y para el sol, se colocaba un papel en la cuerda y veíamos alborotadas como el bendito telegrama subía y subía hasta llegar a la cima, de todas formas era un gran solaz, corríamos apuradas tras el destino de la cometa, ayudando al viento a soplar para que no cayera.





La emoción de aquella aventura llenaba nuestros corazones de tal forma, que ya no importaba aquel insignificante detalle de tener una sola cometa para todos, además, siempre era divertido poder salir y disfrutar con mi hermano como si fuésemos un amigo más de la partida. En este punto quiero detenerme para contarles otro detalle que quizá antes ninguno de los hermanos lo tuvimos en cuenta, en casa todos teníamos un par para jugar o hasta para pelear y compartir. Mis dos hermanos mayores unían fuerzas para ser los invencibles, le seguían mis dos hermanas mayores, otros dos pares de hermanas y mi hermano en medio, él no tenía pareja, pero éste hecho no fue una limitante para su ingenio. Él quería un hermano para juegos y lo tendría, así que convenció a mi hermana, (la que le seguía en edad) la vistió de niño y la llamó Mario, y así la presentaba en la calle; por aquellas edades con el cabello cubierto por una gorra, y pantalones cortos, la más bella dama bien podía pasar por chiquillo, así fue como mi pobre hermana, de la mano de mi hermano disfrutó por algún tiempo de los placeres de los que gozaban los varones en sus juegos toscos y entretenidos. No recuerdo cuánto tiempo duraría esta farsa, de hecho, son historias que cuentan mis hermanos y que traigo a colación como datos presentes que hoy nos causan gracia a la hora de nuestras “muchas” reuniones familiares.





Cada viento de julio y agosto nos vuelve a reorganizar en familia pero ya no en parejas, ahora nos agrupa en un solo conjunto, un coctel de risas, algarabía a veces llanto y algo de “trascendentalidad” forman un bello cuadro en el que por los fragores del tiempo ya no nos acompañan algunos de sus más representativos miembros, pero a quienes llevamos vivos en el amor y en el recuerdo.

lunes, 21 de marzo de 2011

OCASIONES ESPECIALES

Todas aquellas fechas que de pequeños fueron importantes, con el pasar de los años pareciera que perdieran valor, no sé si es porque al volvernos mayores cambian nuestras prioridades o es que el agitado mundo que hoy viven nuestros hijos, nos envuelven en su redes haciéndonos olvidar que lo sencillo es más llevadero, que aquellos juegos, bailes y amores de ayer tatuaron en nuestras vidas surcos por donde día a día se deslizan corrientes de recuerdos, de añoranzas y de alguno que otro resentimiento.




Se acerca otra semana santa, y ahora que lo recuerdo aquellos momentos para mí se convertían únicamente en vacación, comida y familia, con la venia de las religiones que tienen en cuenta estas fechas como sagradas, no quiero ofender susceptibilidades pero voy a ser honesta con ustedes al contarles que de oraciones muy poco, mi padre no era muy dado a oír misa y a darse golpes de pecho y mucho menos a obligarnos a asistir los domingos a repetir oraciones de dientes para afuera, mientras nuestras cabezas locas estarían a kilómetros de distancia del sagrado recinto; creo que en eso nos dejo en libertad suficiente para poder elegir en un futuro, los caminos de dios que más nos sean apropiados para nuestro estilo de vida. Y no es que no fuera creyente, ni mucho menos un pecador empedernido y estaba lejos de ser un santo, pero mi papá jocosamente repetía… “los justos no necesitamos confesarnos” hay que anotar que su justicia era relativa, sino, que lo cuenten mis hermanos mayores que tuvieron que vivir los rigores de su estricto carácter, del que yo me libré un poco por ser de las menores.

Pese a esta circunstancia, hay en mi memoria una hermosa oración que él nos enseñó a todos, la que se convirtió casi en un ritual hereditario que ha pasado de generación en generación, aquella que rezábamos con gran devoción antes de dormir: “¡Oh virgen María! botón de clavel, mi madre me dice que te ame con fe, pues cuenta que eres mi madre también, que cuando en las noches, dormidita esté, si soy buena niña me vendrás a ver” a esta plegaria la acompañaba el consabido ángel de la guarda y por ultimo “Bendito, alabado sea el señor santísimo sacramento del altar, buenas noches papacito, mamacita, la bendición y un muchito” nos arropaban y a dormir. Que le pregunten a alguno de nuestros hijos, si no conocen éstas oraciones que dicho sea de paso entiendo que son las únicas verdaderas que hemos repetido con toda el alma y las que nos han protegido del “maligno” todos estos años. Efectivamente se dice que las oraciones de más valor, son las que hacen por nosotros nuestros padres, creo entender que al ser específicamente dirigidas a la salvación de nuestro agobiado ser, calan mejor en el paraíso, por aquello de las ovejas perdidas…

Después de un reparador sueño al abrigo de las oraciones de mi padre, despertábamos con el ánimo dispuesto para recibir a toda la familia que para aquel entonces ya era mucho más numerosa, pues se habían sumado uno que otro cuñado y otro tanto de sobrinos, era muy gratificante escuchar el ding dong de la puerta recibiendo a los bulliciosos comensales, quienes se iban ubicando en los diferentes rincones de la casa: ya tertuliando, ya cocinando, ya jugando; aquellos jueves santos como podrán imaginar después de lo relatado, no tenían nada que ver con al ánimo triste de vísperas al sacrificio de Jesús, de hecho, firmemente he creído que mi Señor nunca quiere que estemos tristes ni pasemos penurias y menos por su culpa, además tan terribles sucesos son dignos de olvidar por lo dolorosos y sangrientos para toda época. El mensaje está mas orientado a recordar únicamente el beneficio que este sacrificio conllevó que según se cuenta es la salvación de nuestras almas, pero mientras mi mente dibujaba todos estos concienzudos análisis, en la cocina se preparaba una deliciosa juanesca llena de nutritivos y aromáticos aderezos y tal cual me apetecía, con mucho choclito desgranado (maíz tierno). Acompañaba a este potaje un exquisito pescado frito, patacones, papas, dulces…en fin, como les digo era toda una celebración, en la cocina se escuchaba la risas de mis hermanas haciendo de las cosas más trascendentales un jolgorio y no era para menos, nuestra bella familia estaba unida pese a los avatares del tiempos difíciles, ese solo hecho hacia que nuestras vidas tengan un nuevo significado.

Habían en casa estrictas normas en cuanto a la organización en el comedor, en el puesto principal estaba mi papá, a un lado de la mesa mi mami (como ya les he contado en otras oportunidades) y frente a mi papa en el otro extremo del comedor estaba el puesto de la discordia, pues estaba reservado siempre para el hermano mayor varón, por lo general siempre estaba sentado mi hermano Jaime porque permanecía en la ciudad aun con nosotros, pero al llegar mi hermano Oscar, no tenía otra alternativa muy a su disgusto que levantarse y cederle el trono a quien correspondía, pero esta satisfacción le duraba poco cuando estaba en casa mi coronel (mi hermano mayor), porque una mirada suya bastaba para desalojar también al que se había apropiado de los derechos de aquel, era gracioso y emocionante ver esta disputa de poderes y por sobre todas las cosas advertir que aun sin estar de acuerdo con estas normas se acataban con humildad. Con las mujeres no había problema, siempre nos ubicamos sin inconveniente alguno, entre otras porque éramos de las últimas en sentarnos después de servir a mi papa, a mi mami y a los hombres previo servicio a los niños en una ataviada mesa auxiliar anexa al comedor (la mesa de ping pong), nuestras copas y platos rebosantes, nuestro comedor lleno de algarabía, comida y amor eso es todo lo que recuerdo de la semana santa, que otra cosa quisiera nuestro querido Jesús, sino es vernos felices?

domingo, 23 de enero de 2011

A LA NANITA NANA

El niño Dios siempre fue generoso conmigo, entendí desde muy niña que a Dios no le importaba mucho nuestro buen o mal comportamiento siempre y cuando nuestras acciones no fueran con “premeditación y alevosía” encaminadas a dañar a algún otro ser de la naturaleza. Comprendí entonces que a las almas infantiles todo les es permitido, de ahí, que en diciembre ni siquiera había de confesar nuestros pecadillos para poder acceder a las solicitudes navideñas. Con mi hermanita concertábamos lo que serian nuestras peticiones, yo le vendía a ella la idea de lo que requeríamos y a partir de ese momento dejaban de ser “mis” necesidades para convertirse en “nuestras”, es increíble recordar ¡cómo era de fácil! en aquel entonces estar de acuerdo las dos, en todo.

Ella, jugaba mis juegos, cantaba mis canciones, compartía mis amigos, hasta llegué a pensar que soñaba mis mismos sueños, no sé por qué nos empeñamos en *hacernos grandes* si el mejor estado de la vida es la dulce e inocente niñez.




Mi hermano Jaime, (el cazador) desplegando desde siempre sus habilidades “ingenieriles”, nos hacia un gran pesebre en la sala lleno de casitas con luces, de pastores con muchas, muchas ovejas de todos los tamaños y materiales, caminitos empedrados, lagunas hechas con espejos abarrotadas de patos, pollos y gallinas de todos los colores. El material del papel con el que armaba el Belén, facilitaba el proceso de montar una serie de estructuras rocosas adornadas con musgos, líquenes y todas estas maticas que por aquellos tiempos aun no era prohibida su utilización; en las muy escarpadas rocas se lucían unas cabras locas y algunos renos blancos ya deslucidos algunos de ellos con los cuernos partidos por el fragor del tiempo e imaginaba yo, que también por sus innumerables batallas en defensa de su manada. Muy cerca al ingeniero nuestros ojitos y manos ávidas por ayudar, presenciábamos las habilidades de nuestro hermano; de tanto en tanto ayudábamos a parar a Gaspar, que siempre se empeñaba en caer a un lado del camello dando un muy mal aspecto al sobrio momento.


Terminada la labor, seguíamos con el árbol, era plateado (de moda por esos días) lo cargábamos de bolas de colores y luces. No se usaban moños ni nada parecido a los adornos actuales, simplemente bolas como cascara de huevo que cuando caían, mágicamente convertían el suelo en un cielo escarchado y matizado de rojo, azul y plateado, quizá ese espectáculo me gustaba más que verlas adornando el árbol.

Al acercarme al pesebre y ver al niño Dios acostado en su cunita de musgo, abrigado por el calor de las luces, con la mirada dulce de María no podía más que pensar en lo feliz que sería el niño en ese hogar que al igual que yo, tenía amor, abrigo y esa mirada siempre protectora de su madre. ¿Para qué más? Amor me sobraba, pero para completar mi dicha un triciclo no estaría de más. Así que ansiosamente, al pie del pesebre cada noche en familia rezábamos la novena y con una mirada cómplice con mi hermana le pedíamos al niño dios desde el fondo de nuestro corazón un triciclo para que nuestra felicidad sea total.






Los cantos cerraban la novena, y no podía faltar el villancico aquel llamado "A la nanita nana…" a mi papá le encantaba hacerme entonar en un solo, una estrofa que ningún otro hermano se sabía, y si la sabían, igual callaban. Yo cantaba para mi papá … “manojito de rosas y de alelíes, que es lo que estas soñando que te sonríes…” recuerdo entonces el calor de la mirada de la Virgen María posada en los ojos de mi papa y estos sobre mí, para entonces ya no había triciclo que llenara mas mi corazón que aquella mirada llena de amor y ternura que llegaba a todos los rincones de mi ser convirtiéndome en la más grande frente a todos mis hermanos. ¡ Qué ironía! y aun se empeñaban en decirme pequeña.

domingo, 20 de junio de 2010

DE CACERÍA

De los momentos que de niña disfrutaba muchísimo, era acompañar a mi hermano Jaime de cacería (hoy me cuesta reconocer tan deleznable hecho). Deletreando la palabra, suena escalofriante, sobre todo porque ustedes quizá podrían imaginar, que en las paredes de su habitación, cual trofeos, se exhibirían los cuernos de alces, cabezas de tigres y pieles de leopardo. No se confundan amigos, les contaré con detalle el ansiado momento.



En una de las gavetas de su armario, muy escondido en lo alto, debajo de su ropa, celosamente guardada, mi hermano ocultaba una caja amarilla, no tan grande, repleta de una especie de balas, similares a los castillos con los que jugábamos monopolio, pero mucho más pequeñas y de color gris. Colgada en la pared, una “temible escopeta” a la que no me atrevía tan siquiera acercarme; me parecía que mi hermano era muy valiente, muy hábil, lo admiraba mucho, porque él sabía hacer muchas cosas: él armaba, desarmaba, inventaba, creaba, construía, negociaba, arreglaba; su imaginación siempre fue un poco desbordada, soñador, sentimental, pero por sobre todas las cosas era muy tierno y conmovible con las personas no obstante las pruebas de lo que estoy narrando, lo condenen.


Para mí, era mi hombre de la casa, anhelaba ser su compañera de aventuras, pero por ser de las menores poco caso me hacía, sin embargo ahí estaba yo, presta a seguirlo en sus cacerías. Cuando el día anterior decía que saldría a cazar, tímidamente le pedía que me hiciera acompañarlo y prometía ser su auxiliar y obedecer en lo que mandase.
Siempre fui un tanto ansiosa, así que la noche anterior casi no podía dormir, pensando en la aventura que a su lado viviría. Después de una larga noche, muy temprano en la mañana ya estaba lista para la travesía, y me disponía a alistar los implementos a utilizar. Abría el primer y segundo cajón de su armario, para usarlo como gradas y poder acceder al escondite de los “diábolos”. Esto de las escaleras era usual, ya que era la única manera de poder "esculcar" en los cajones de todos, inclusive en el recinto sagrado que era considerado el clóset de mi mami y mi papá; volviendo al cuento (como dice mi madre siempre que la interrumpo en sus historias), se terciaba la flamante escopeta, me tomaba de la mano y salíamos a unas montañas en donde se erigía el acueducto de mi ciudad



Me parecía que recorríamos grandes distancias, pero ya estaba acostumbrada. Además, por la emoción del asunto que me llevaba, no me fijaba en que como siempre, el zapato había hecho de las suyas y se había alimentado con mi media, “tragándose” en cada paso toda la media, amontonándola en la punta. Nunca he sabido el por qué siempre me ha ocurrido esto, pensaban que era por el resorte, pero aun con las prendas nuevas, pasaba lo mismo, el zapato se come mi media y aún no supero ese mal.




Al llegar a la montaña, mi hermano se acostaba en la hierba, me pedía absoluto silencio, y cuando en alguna copa de un árbol sentía que algo se movía, acercaba el arma a su hombro, cerraba un ojo y “pun” disparaba; se sentía un aletear y su posterior caída al suelo, yo corría como si fuera el galgo del rey a recoger la presa, una vez reunidas varias tórtolas y cuanto pájaro se atravesaba, regresaba airosa y se la entregaba a mi hermano quien las guardaba en un maletín y volvíamos a casa.




Ya en casa, sacaba mi hermano a las empleadas de la cocina y él mismo desplumaba las avecitas, les quitaba la bala que cortó su aliento y en una olla las ponía a cocinar, recuerdo que esos caldos eran salados y achotados cual mas, pero eso sí, todas probábamos el delicioso caldito, aún con la pena por el pajarito muerto, no dejábamos de degustar el “pernilito” del tamaño de una pulgada que había sazonado mi hermano en sus artes culinarias. Lo dicho, mi hermano era mi héroe, ¡si hasta cocinar sabía!, qué bueno que por esta vez, me eligiera a mí para ser su auxiliar, por el momento me sentía orgullosa y podía contar a mis amigos del barrio que mi hermano me hizo disparar el arma y que estuve a punto de traer como trofeo el pico de alguna desprevenida ave para colgarlo en la pared.



En la actualidad, aún cuando es escaso el tiempo que comparto con mi hermano dadas sus ocupaciones, nos llena mas el alma escuchar el trinar de un pajarito revoloteando en la fuente de su casa, que verlo preparado en un caldito

sábado, 29 de mayo de 2010

MIS HERMANOS MAYORES


Lastimosamente, son muy pocos los recuerdos de infancia que llevo en mi memoria de la convivencia con mis hermanos mayores, sobretodo de los cuatro primeros, sé, que aparte del lazo familiar que los unía tenían entre ellos una gran amistad, los dos varones eran inseparables, de caracteres muy diferentes, se cuidaban entre ellos, pero era el menor el que llevaba la peor parte dado el temperamento “buscapleitero” de mi hermano mayor, de cuando en cuando llegaban a casa adornados con un espantoso morado en los ojos el que trataban de disimular con maquillaje de mujeres para evitar el correazo de mi papá, pasado el disgusto, volvían a la calle por mas. En realidad no recuerdo la historia de estos continuos pleitos callejeros de mis hermanos, pero intuyo, que el de los líos era el mayor, sintiéndose un solo hombre con mi otro hermano pensaba que podía desafiar al mundo entero, pero su mundo a veces se estrellaba con el puño de algún otro dueño del universo quien los enviaba a casa: rotas las narices y tapados los ojos; habría que sentarse a conversar con ellos de los detalles de estas peleas, porque nunca supimos lo que quedó de sus contrincantes.


Esta dupla invencible fue separada cuando mi hermano entró a estudiar la carrera militar, fue la mejor opción que pudo encontrar mi padre para aplacar un poco al díscolo muchacho y encontrar además motivos de orgullo para jactarse de quien todos los demás sabemos calladamente que fue el preferido de mi papá. A mí, me encantaba que nos visite, entre otra cosas, (y no quiero parecer interesada), porque de su reluciente uniforme sacaba una moneda de “un peso” y me la regalaba cuando yo salía para el colegio, ese era entonces un gran capital ya que mis bolsillos recibían el diario de veinte centavos, los que hasta tercero de primaria me alcanzaba para comprar las melcochas de papeles de colores donde las vecinas a las que llamábamos las “largas” y quedaba para los “lises” congelados donde la “clara”, pues había que refrescarse, así que el bendito peso me permitiría darme un gran banquete a la hora del recreo y llevar además un cartuchito de “mortiños” que vendía una viejita en un canasto cerca al barrio.


Como todo hogar que se respete debería tener un hombre mayor en casa, esa fue la labor y en eso se convirtió el que quedó; un buen tipo siempre fue mi hermano, un poco malgeniado, pero calmado, era él quien nos defendía en casa en ausencia de mi papá. Como aquella vez, en la que un ratón quiso entrar a nuestra cocina; de un brinco tomó una batuta, se subió al mesón y llamó a gritos a mi hermano, (menor que él y de quien sí tengo muchos recuerdos que ya les contaré) valientemente le entregó una escoba y desde la mesa dirigía la cacería, cuidándose de que el roedor en cuestión no vaya a subirse a por él. Todos sabemos que para cazar un ratón es más que necesaria la dirección… ¡por ahí! ¡A la derecha! ¡A la izquierda! ¡Cuidado se escapa!, en fin, después de tal acto de valentía comprendimos cuán necesario es un hombre en casa.

Sé que así mismo fueron las dos mujeres mayores, muy unidas, muy amigas, la una muy alocada y la otra por el contrario el polo a tierra. El matrimonio de la mayor (muy muy joven) hizo que saliera muy pronto de casa hecho que no me permite narrar vivencias personales de infancia en su compañía, su posterior separación y la inclusión de mi hermosa sobrina me dio la oportunidad de convertirme para ellas (mi hermana menor y mi sobrina) en la mayor; labor que yo cumplía a cabalidad, mandando, desmandando y haciendo con ellas lo que mis hermanas habían hecho también conmigo “la niña de los recados”. La “Lyne” como todos le decíamos estuvo muy poco tiempo con nosotros; tanto mi hermana mayor como la niña, salieron nuevamente de casa y durante muchísimo tiempo no volvimos saber de ellas. Por otro lado, la que le seguía en la cola, también se casó al terminar sus estudios y para ser sincera con ustedes, a mí me parece que siempre ha estado casada, de hecho en las fotos familiares, el “Gudiño” nunca faltó.




La fortuna que nos ha brindado la edad y el tiempo, es la posibilidad de reunirnos todos, ya mayores de edad, cada uno con historias propias, con vidas, con hogares, con hijos y nietos para compartir y disfrutar nuevamente de una gran familia amorosa, unida y en busca de la felicidad.

sábado, 3 de abril de 2010

!¡ A MERCAR !¡


Muchos de los eventos importantes en mi casa paterna y me atrevo a decir que en la mayoría de los hogares de entonces, ocurrieron alrededor de un buen plato de comida y en la mesa del comedor, de hecho los grandes sucesos de la historia se gestaron al calor de un gran cena acompañada con toda clase de bebidas y manjares. No estaba muy lejos mi familia de unirse a tales festejos, por aquellas épocas (como dice mi hija, al referirse a mi niñez y adolescencia), todo suceso era motivo de reunión familiar y obviamente un gran almuerzo. Aún cuando mi papá tenía a nuestro servicio dos empleadas internas en la casa, otra de fuera, dedicada al lavado de la ropa y una señora más, encargada de almidonar las camisas, era nuestro deber (al menos el de las mujeres) aprender a preparar toda clase de platillos; con una vanidad casi extravagante decía mi papá “mis hijas saben preparar desde una changua hasta un banquete”, y en efecto así era, desde las más pequeñas nos defendíamos en la cocina, empezando, porque eran mis hermanas mayores las que administraban el mercado.



Mi papito encargaba el dinero a una de ellas, quien escogía de entre todas las mujeres restantes a la que había de colaborarle en estas tareas. Las dos visitaban la plaza de mercado en busca de los mejores productos: ya abriéndose camino en medio de las hojas de un choclo para pellizcar un grano y saber si está tierno, ya buscando “papa parejita” huila roja, ya quebrando una yuca para saber si esta amarillita, o que el plátano verde no esté pintón… Fue de la mayor que aprendimos a regodear precios, a decirle - “pero hoy si amaneció brava”- a la señora enfundada en una ruana en su cintura cual coraza que protege su dinero, la gordura de sus años y su trabajo, cuando según nuestro saber y entender de la economía casera pensábamos que podíamos obtener mejores precios por los productos.


Aprendimos además a esquivar cajonazos y costalazos de los coteros a su grito de “ojo..ojo”, a probar fruticas sin preocuparnos de virus, bichos y demás animalejos, a comer mote en hoja; todos estos hechos no solo ayudaron a nuestra formación administrativa, sino también a obtener defensas personales y en el cuerpo. Después de esta ilustrativa clase, llegábamos a casa con una gran canasta de frutas y verduras y unos costales con el resto. Dejando la orden de organizar el mercado, salíamos a por la carne y el pollo que acompañarían el refrigerador durante la semana.

Este ritual era cada sábado y pasaba de generación en generación, mis hermanas se cuidaban de dejar uno que otro peso para el gasto de la semana, pan, leche, huevos y uno que otro gustico personal, hábiles administradoras eran, de tal suerte que nunca hicieron faltar nada, de ahí la confianza de mi papá, en dejar la casa a su cuidado. Una a una fuimos pasando, a medida que mis hermanas se casaban y se hacían cargo de sus propias familias. Para semana santa, que era una fecha especial en todo sentido, se mandaba a buscar unas buenas calabazas para la juanesca, se compraba en la plaza de manera especial lo que compondría este apetitoso potaje: ollocos, papa murita, choclos, habas, frijol y por supuesto maní; desde el día anterior se dejaba partiendo las calabazas y quitándoles las semillas, las que mi papá ordenaba se pongan a secar en la sala de estar para al otro día tostarlas, molerlas y preparar con ellas un exquisito ají. Desde muy temprano el jueves santo, se sentía en la cocina el movimiento de las ollas hirviendo con la calabaza, y nosotros a un ladito pelando las pepitas, una iba a la boca y otra para la paila de tostado. Acompañaba a este suculento plato, un pescado previamente aderezado y enharinado el que se freía al momento de servir con suficientes patacones.

El premio al comer todo, lo constituía el “postre” que constaba de una rodaja de papaya bañada por leche condensada, de reojo esperábamos a que mi papá se descuide para dejar el plato reluciente después de darle una buena mano de lengua a los restos del dulce que se resistían a la cucharita… Así en medio de la algarabía y risas de todos, disfrutábamos en nuestra mesa, de la bendición de tener una gran familia y un gran padre proveedor de bienes materiales, y amor….

sábado, 20 de marzo de 2010

LA DANZA DEL BRILLO...

LA DANZA DEL BRILLO

Mi casa paterna, muy aparte de ser solo un refugio, era nuestro sitio de juegos, nuestra callada cómplice de diabluras, pero para que sea un lugar digno de tales apelativos, había que invertir tiempo y energía en mantenerla brillante, en aquellos tiempos todos los pisos eran de madera (como decía mi papá orgullosamente: de pino rooomerillo), exceptuando el sitio dedicado a la mesa de ping-pong y el salón que daba entrada al comedor y la cocina que eran de mármol, igualmente reluciente. El conservar éste lugar en condiciones de espejo, contaba con la participación de todos o casi todos los hermanos, quienes con viruta gruesa en cada pie, bailábamos la “danza del brillo”, era genial ver aquel ritual, todos de diferentes edades éramos uno solo con un objetivo común: dejar pelado el piso, y no les estoy hablando de un pequeño espacio, en la parte de abajo dos salas grandes adornaban un extremo de la casa, el estudio, la gran entrada principal, además del comedor y ni les cuento del segundo piso porque esa era misión para otro día, pues no podíamos abarcar todo los frentes sin quedar literalmente “echando la gota”. Entre risas y algarabía terminábamos agotados pero satisfechos. Había que continuar con la cera, una barra con un pinito ya amarillento en su empaque, no estoy muy segura de formar parte del selecto grupo dedicado a la encerada, creo que eso ya lo hacían las empleadas, lo que sí recuerdo, es que sendos periódicos adornaban el camino por el que habíamos de transitar para no dejar huellas y dañar la labor familiar, hasta continuar al siguiente día con la danza aquella. No se estilaba por esos días el uso de la brilladora aún, por lo tanto, había que recurrir a unos paños suaves en los que nos sentábamos los pequeños, mientras los grandes tiraban por los extremos, era una delicia, no sé decirles si mis hermanos lo disfrutarían en la misma medida que yo, porque para mí, aparte de compartir con los grandes que era una labor que me gustaba mucho, (para ellos no debió ser nada agradable tener que calarse a la metida hermana pequeña en tooodas partes) todo era un juego. Una vez que los muebles se disponían en su lugar, había que lavar las porcelanas de las vitrinas, ese era otro juego del que me encantaba participar. Se disponían varios recipientes encima de la mesa de ping-pong: uno con jabón y abundante espuma y dos más con agua limpia para completar el enjuague, alrededor de la mesa veíamos como sumergían pieza por pieza en un baño de espuma, al salir del jabón pareciera que las bailarinas, las muñecas y las flores que adornaban las jarritas, sonrieran de verse limpias y resplandecientes, era entonces cuando la recibía otro participante para quitarle los restos de jabón; un último baño daba paso a la mirada escrutadora de mi hermana mayor o la que estuviera haciendo las veces, quien después de asentir, colocaba la figura otra vez encima de “periódicos” (los compañeros fieles a lo largo de nuestra existencia) con dedo índice de advertencia de cuidarnos de pasar por esos lares y romper alguno de los preciados tesoros. Con pies de plomo y manitos atrás como nos enseñara mi papá, pasábamos a ver si ya estaban secas y si en verdad sonreían después de quitarles tanto polvo acumulado, producto de la pulida de los pisos....

Estos y otros muchos eventos de nuestra cotidianidad hacen, como lo dice Soledad Pastorutti en su canción el brindis, “que los recuerdos parezcan de otras vidas”, de alguna manera nuestro pasado es ya otra vida, para aquellos que no creen en la reencarnación, cada segundo de nuestra vida muere y día a día reencarnamos en un individuo diferente al que fuimos el día anterior y aunque con estos relatos retrotraigamos sucesos de nuestra infancia…nunca podremos volver sobre nuestros mismos pasos….

sábado, 6 de marzo de 2010

MI EXPERIENCIA CON EL GANADO

MI EXPERIENCIA CON EL GANADO

Empezando a escribir sobre mi vida, se agolpan en mi mente un sinnúmero de recuerdos todos quieren ser escritos y desordenan mi redacción, porque no sé si son: antes o después de cierta edad, bueno, pero lo importante no son las fechas, al fin y al cabo fueron vividos en estas dimensiones y a esas vivencias me remito.

De estudiantes, cuando mi hermana mayor se graduó, quedé sola en el colegio, al tiempo, la menor entró a bachillerato, por lo tanto estaba yo a cargo, anteriormente el bus escolar nos llevaba y nos traía entre la casa y el colegio, de pequeñas hasta bueno era el servicio, pero ya en secundaria era otro asunto, por esa razón y como yo estaba al mando, hablamos con mi papá y acordamos que desde ese día tomaríamos el transporte público, argumentando que algún día tendríamos que aprender a desenvolvernos solas por el escarpado mundo del “proletariado”. Mis argumentos debieron ser muy convincentes, porque mi papá accedió a tal petición y desde el día aquel, nos daba el dinero para el recreo y para el bus. Pero lejos de mi estaba subirme en tales aparaticos (al menos por el momento), en vista de mi facilidad para madrugar, muy temprano en la mañana estábamos en pie de lucha, bañadas, peinadas y perfumaditas, salíamos de casa en un caminar casi de trote para llegar a tiempo y así ahorrarnos lo del transporte, pero no solo era esta motivación, a esa hora por la calle, muchos estudiantes de todos los colegios iban y venían y nuestra preferencia era la masculina, pero no crean que por el título del texto de hoy me voy a referir a este tipo de “ganado”, ese es otro asunto el cual espero recordar y reseñarles en otra oportunidad…Un día normal, como tantos otros de aquellos que la rutina acompañaba nuestro andar (hecho, por obvias razones desconocido por mi padre), un tumulto de gente, gritos y carreras rompieron la cotidianidad de aquella fría mañana; mi hermana y yo, no entendíamos qué ocasionaba tal caos, cuando de la nada, como si fueran las fiestas de San Fermín, apareció un enorme toro blanco con grandes cuernos y una inmensa giba, corría asustado envistiendo a todo lo que encontró a su paso, con tal mala fortuna que atropelló a mi hermana dejándola tendida en el suelo inconsciente. Nunca he tenido un susto como aquel, al verla tendida en el suelo con su uniforme rasgado, solo atinaba a escuchar murmullos de la gente que decía “esa niña está muerta”, no sabía si se referían a mi por la palidez del temor o a mi hermanita, en realidad como dirían en un programa mejicano “fué horrible…fué horrible”, yo lloraba a sus pies, pedía que alguien me ayudara, pues no sabía qué hacer, sólo cuando mi peque abrió los ojitos, pude pensar con claridad, la claridad que un tercero o cuarto de bachillerato me permitía, (no muy sesudo por cierto) pare un taxi y con la ayuda de un buen samaritano, la subimos al vehículo, entre “ayes” y desmayos la llevé a un hospital, una camilla la recibió, fue entonces cuando le di un beso, le dije que todo iba a estar bien y corrí a casa. No les miento si les digo, que no paré de correr en una sola respiración, mis lagrimas se secaban con el viento en la carrera, orando para que mi hermanita no muriera; hasta el momento no había pensado qué mentira le diría a mi papá para justificar nuestra ubicación, porque sabía, que después de pasado el susto, él lo preguntaría, eso no era importante por ahora, y de hecho ni lo recuerdo. El mugroso toro, y coprotagonista de esta parte de mi vida, le había quebrado la clavícula a mi hermana, aparte de romperle y revolcarle el uniforme (pese a ello, estoy en contra de las corridas de toros). Supimos por los diarios locales después, que la res, había escapado de un camión al descargar el ganado en alguna parte de las afueras y asustado en su loca huida, no solo atropelló a mi hermana, sino que también hizo muchos estragos en la ciudad, tanto sería, que fue noticia periodística. Mi hermana tardó un buen tiempo en recuperarse y soportar la incomodidad del yeso, entre tanto por esos días, nos llevaban al colegio en el carro, después de eso…volvimos a las andadas….