Piedra Laja- Genoy Nariño

sábado, 12 de junio de 2010

A MI PADRE

Hoy, al despertar, mi mente trajo a la vida el recuerdo de mi padre, en la mayoría de mis historias él ha estado presente, en este día desearía dedicarle mis notas y mis evocaciones expresamente a él.



Sabemos ya, que de alguna manera somos inmortales, pues nuestro espíritu trasciende diferentes dimensiones, no obstante, los hijos siempre pensamos que nuestros padres son físicamente eternos, y no es que no hayamos pensado en la muerte, lo que pasa, es que se tiene aquella creencia, que el “mundo queda muy lejos” y todas las cosas que se ven en las noticias sobre fallecimientos, enfermedades, guerras, dolor, accidentes, nunca nos tocaran de frente a la puerta.
Cuando lo vi en el hospital en la Unidad de Cuidados Intensivos, con ese bip, bip ensordecedor que daba cuenta de los latidos de su corazón, su rostro pálido acompañado de una sonrisa temerosa por el desasosiego que le causaba la sola idea de tener que dejarnos, aún en ese momento, pensé que un hombre como él, no se dejaría vencer ni por la muerte…me tomaba de la mano y me decía que ojalá se le diera una oportunidad más, para seguir siendo felices juntos. Fue la única vez que vi miedo reflejado en el semblante de mi “cusunguerito” (nombre cariñoso que le decía siendo niña), pero no era miedo a la muerte, era el temor de saberse quizá vulnerable a la vida. Jamás pensé que mi padre me pudiera faltar. De hecho, pensé que en realidad el “mundo quedaba muy, muy lejos”.


Para mí, fue el año de la fatalidad, seis meses antes, sufrimos la pérdida de mi hermana mayor y se sumó un hecho personal, que no viene a colación detallar, que hizo que mi hogar, el que me había tomado algunos buenos años formar y que suponía estable, se derrumbara ante mis ojos.
Pero bueno, la idea no era retratar mis propias angustias, ya que el protagonista de este relato sería mi padre. Para quienes no lo conocieron trataré de plasmar en palabras, la grandeza de un hombre como Leonel Patiño-González, un nombre del qué jactarse a la hora de los reconocimientos, refinado, trabajador, galante, estricto, intachable, un señor en todo el sentido de la palabra, era la carta de presentación en cualquier actividad de nuestra vida, a veces era un poco incómodo no depender de nuestra propia valía, porque al saber que éramos hijos de mi padre se abrían las puertas de par en par para darnos cabida, aún cuando ni nuestros nombres eran entonces importantes, orgullosamente levantábamos la cabeza por aquel estandarte que la vida nos otorgó. Pero así como nos llenábamos la boca al pronunciar su nombre, también fue un reto muy difícil en nuestro diario vivir, sobre todo porque él quiso de nosotros la excelencia, un gran inconveniente a la hora de las comparaciones con su brillante intelecto.

Si bien es cierto que algunos de mis hermanos tuvieron que vérselas con un papá estricto; no resten esfuerzo a mi lucha, pues fui la que se quedó sola en casa con él por más tiempo, de tal manera que su atención se volcó en mi educación, aunque resulté ser un hueso duro de roer, no renunció y logramos juntos terminar la carrera profesional que él escogió para mi, profesión que me permitió darle gran orgullo y satisfacción.

En esta ocasión no se puede decir que el alumno superó al maestro, era una situación muy complicada el siquiera intentarlo, y no porque él no quisiera, sino porque era una tarea muy difícil, mi papá sabía de todo cuanto le preguntaran y si no lo sabía, su inteligencia era tal, que nadie nunca se enteró de esas limitaciones, tenía la palabra oportuna, el consejo adecuado, como él mismo decía “yo soy del siglo veintiuno” cuando aún no soñábamos ni con pisar el tal siglo. Le gustaba disfrutar de las cosas buenas, no era de aquellos que guarda la mejor vajilla o el mejor cubierto para ocasiones especiales, todos los días eran especiales y según sus mismas palabras “si no me sirven un café en la mejor vajilla de la casa para mi…no la sirven para nadie”. De él aprendimos esa cierta arrogancia por nuestro apellido, por nuestras costumbres por nuestra tierra y nuestra comida, pero esa arrogancia dificultaba la aceptación de muchos de nuestros amigos por no ser de “rancio abolengo”; de niña y adolescente no tenía problemas con desobedecerle y añadir a la lista de mis enamorados uno que otro “plebeyo”, no sé si por llevarle la contraria o porque siguiendo mi corazón y mi destino andaba camino a la perdición de “mi estirpe”. Con el tiempo, en realidad me perdí por no saber a dónde pertenecer.
Son muchas las cosas que mi padre nos enseñó, pero por sobre todas las cosas el amor a la familia, el hizo denodados esfuerzos por consolidar la relación con su propia familia, aún cuando con sus hermanos los unía la gran aventura que fue su vida juntos, no logró bajo nuevas y mejores condiciones unirse en gran fraternidad con ellos, esa fue su gran frustración.



Mi papá tuvo muchos desatinos en la difícil crianza de nosotros sus hijos, al menos eso era lo que pensábamos cuando aún no éramos padres, gracias a esos desaciertos, hoy en este nuevo siglo, aplicamos las mismas palabras, los mismos gestos, los mismos dichos para educar a nuestros hijos. Bien decía mi papito que era un hombre del siglo veintiuno…

lunes, 7 de junio de 2010

REENCUENTRO

Por hoy, queridos amigos y lectores quisiera compartir un texto que se publicó en un diario local en mi adorada ciudad con motivo de un anivesario mas de graduadas de la secundaria. Sin mas dilaciones comenzaré...



Hoy me siento afortunada al reencontrar en cada una de mis compañeras de colegio una etapa amada, añorada y nunca olvidada. Desearía recrear todos los momentos que hace mas de 25 años permanecen en mi memoria, cada sonrisa, cada llanto, cada travesura, cada rostro transporta mi alma a mi amado Liceo de la Merced Centro. Creo que puedo ser una vocera de las evocaciones que llegan a cada una de nosotras, tan solo con recordar nuestra niñez en compañía de La Hermana Floralba, la rectora, quien en procura de mantener el orden, y la uniformidad de su colegio revisaba que no llegue alumna sin delantal y mucho menos sin firmar la lista de deberes; ni hablar de la señorita Ana Lucia quien subida en sus enormes plataformas cumplía con lujo de detalles tal tarea en la puerta del salón.



Vienen a mi memoria, las campanadas que anunciaban el tan anhelado recreo y al que en estampida salíamos para poder alcanzar el mejor puesto, ya en la tienda, ya en los peleados columpios; era a estas horas, cuando se podía ver quiénes de las compañeras habían transgredido las reglas del juego y se les castigaba arriba, en el corredor, mirando hacia la pared, escuchando los gritos y juegos de quienes si cumplíamos con todas las labores encomendadas.



No podemos olvidar el santo rosario los miércoles, el que con tanta devoción parecía que rezábamos, mas pensando en la clase que habíamos perdido que en lo que éstas oraciones nos podrían hacer alcanzar el paraíso…..pero que mejor paraíso que esa bella época en la que nuestra única obligación era ser felices y estudiar? Bastaba tan poco para ser felices: participar en las misiones con la hermana Teresa y las famosas pescas milagrosas, atando un cordel a una canasta la que se lanzaba desde el corredor hacia el patio donde por algún dinero se pagaba una que otra sorpresa; en el coro con sor Celina de la Dolorosa, quien antes de comenzar el ensayo nos encomendaba a Santa Lucía, la pobre Santa creo que no tenía otra alternativa que protegernos por la manera autoritaria que le exigía la estricta reverenda, con la hermana Olga aprender costura, la ingenua hermana no se daba cuenta de la tertulia en la que se había convertido el costurero; ayudar de vez en cuando en el dispensario, aprendernos absolutamente todas las estrofas del himno y rezar para que no nos tocara en suerte recitarlas frente a tan numeroso público; llegar a tiempo a formar filas en el patio antes de entrar a clase y que el botón de la camisa mantuviera cubierto cualquier intento de mostrar el cuello, ayudar a la señorita Rosita a llevar de la mano a las niñas de kínder hacia el transporte y por supuesto hacer todas las tareas y estudiar las lecciones.



Y así, hasta que no hicimos “grandes” y entramos a Bachillerato, a nuestro bien amado Liceo de la Merced Maridiaz. Para entonces, el bendito botón de la camisa ya se podía abrir; en los patios, el recreo era menos congestionado porque extensos prados nos servían de playa de veraneo y bronceo, aunque no olvido, que la hermanita que cuidaba el museo del colegio, con un bastón, nos bajaba el uniforme y nos pedía decencia en el recinto, y las barras en las que como monos de circo trepábamos con una facilidad que hoy por hoy me asombra. Pero no todo era juego, había momentos de seriedad, en que acompañados por Clarita, nuestra profesora de Sociales y geografía conocimos los limites de nuestros territorios, con Mariacruz, aprendimos un poco de perspectiva en el dibujo, Melbita que nos hacia filosofar, el Luchito con su trigonometría y sus chistes flojos nos hacía temblar, nuestro serio y muy señor profesor Argoti con sus exámenes sorpresa para sacar 1 o 10, no había términos medios, el adorado químico que a más de una compañera arrebato uno que otro suspiro, Floralba, con sus ensaladas y sus platillos en francés, los Aizaga padres e hijos, dueños y señores de la educación física del colegio y sus benditos saltos en vallas y en el burro, pretendiendo que en un futuro seamos gimnastas profesionales; no podemos dejar a un lado el famoso lema de la Hermana Rosa Adela “Me nesheshitas te nesheshito” cuya particular pronunciación siempre acompaño estas palabras.



En fin, son muchas las cosas que aún quedan sin escribir de todo lo vivido, porque no se puede resumir en un corto texto las hermosas vivencias de nuestra vida en el colegio; cada día era una nueva experiencia. Reunirnos después de 25 años de graduadas, fortaleció nuestros vínculos como familia Franciscana, orgullosas de serlo, de haber compartido juntas estudios, juegos, alegría y llantos. Quiera el creador de nuestras vidas y acontecimientos, que éstos vínculos permanezcan incólumes durante el resto de nuestras vidas y así, con cada reencuentro volver a ser las niñas y adolescentes que llevamos guardadas en nuestros corazones.

sábado, 29 de mayo de 2010

MIS HERMANOS MAYORES


Lastimosamente, son muy pocos los recuerdos de infancia que llevo en mi memoria de la convivencia con mis hermanos mayores, sobretodo de los cuatro primeros, sé, que aparte del lazo familiar que los unía tenían entre ellos una gran amistad, los dos varones eran inseparables, de caracteres muy diferentes, se cuidaban entre ellos, pero era el menor el que llevaba la peor parte dado el temperamento “buscapleitero” de mi hermano mayor, de cuando en cuando llegaban a casa adornados con un espantoso morado en los ojos el que trataban de disimular con maquillaje de mujeres para evitar el correazo de mi papá, pasado el disgusto, volvían a la calle por mas. En realidad no recuerdo la historia de estos continuos pleitos callejeros de mis hermanos, pero intuyo, que el de los líos era el mayor, sintiéndose un solo hombre con mi otro hermano pensaba que podía desafiar al mundo entero, pero su mundo a veces se estrellaba con el puño de algún otro dueño del universo quien los enviaba a casa: rotas las narices y tapados los ojos; habría que sentarse a conversar con ellos de los detalles de estas peleas, porque nunca supimos lo que quedó de sus contrincantes.


Esta dupla invencible fue separada cuando mi hermano entró a estudiar la carrera militar, fue la mejor opción que pudo encontrar mi padre para aplacar un poco al díscolo muchacho y encontrar además motivos de orgullo para jactarse de quien todos los demás sabemos calladamente que fue el preferido de mi papá. A mí, me encantaba que nos visite, entre otra cosas, (y no quiero parecer interesada), porque de su reluciente uniforme sacaba una moneda de “un peso” y me la regalaba cuando yo salía para el colegio, ese era entonces un gran capital ya que mis bolsillos recibían el diario de veinte centavos, los que hasta tercero de primaria me alcanzaba para comprar las melcochas de papeles de colores donde las vecinas a las que llamábamos las “largas” y quedaba para los “lises” congelados donde la “clara”, pues había que refrescarse, así que el bendito peso me permitiría darme un gran banquete a la hora del recreo y llevar además un cartuchito de “mortiños” que vendía una viejita en un canasto cerca al barrio.


Como todo hogar que se respete debería tener un hombre mayor en casa, esa fue la labor y en eso se convirtió el que quedó; un buen tipo siempre fue mi hermano, un poco malgeniado, pero calmado, era él quien nos defendía en casa en ausencia de mi papá. Como aquella vez, en la que un ratón quiso entrar a nuestra cocina; de un brinco tomó una batuta, se subió al mesón y llamó a gritos a mi hermano, (menor que él y de quien sí tengo muchos recuerdos que ya les contaré) valientemente le entregó una escoba y desde la mesa dirigía la cacería, cuidándose de que el roedor en cuestión no vaya a subirse a por él. Todos sabemos que para cazar un ratón es más que necesaria la dirección… ¡por ahí! ¡A la derecha! ¡A la izquierda! ¡Cuidado se escapa!, en fin, después de tal acto de valentía comprendimos cuán necesario es un hombre en casa.

Sé que así mismo fueron las dos mujeres mayores, muy unidas, muy amigas, la una muy alocada y la otra por el contrario el polo a tierra. El matrimonio de la mayor (muy muy joven) hizo que saliera muy pronto de casa hecho que no me permite narrar vivencias personales de infancia en su compañía, su posterior separación y la inclusión de mi hermosa sobrina me dio la oportunidad de convertirme para ellas (mi hermana menor y mi sobrina) en la mayor; labor que yo cumplía a cabalidad, mandando, desmandando y haciendo con ellas lo que mis hermanas habían hecho también conmigo “la niña de los recados”. La “Lyne” como todos le decíamos estuvo muy poco tiempo con nosotros; tanto mi hermana mayor como la niña, salieron nuevamente de casa y durante muchísimo tiempo no volvimos saber de ellas. Por otro lado, la que le seguía en la cola, también se casó al terminar sus estudios y para ser sincera con ustedes, a mí me parece que siempre ha estado casada, de hecho en las fotos familiares, el “Gudiño” nunca faltó.




La fortuna que nos ha brindado la edad y el tiempo, es la posibilidad de reunirnos todos, ya mayores de edad, cada uno con historias propias, con vidas, con hogares, con hijos y nietos para compartir y disfrutar nuevamente de una gran familia amorosa, unida y en busca de la felicidad.

sábado, 22 de mayo de 2010

A MI MADRE

Quizá pareciera excesivo el hecho de escribir nuevamente a cerca de las madres, pero hay circunstancias en mi vida que no permiten dejarlas en un solo capitulo, de hecho podrían acaso llenar muchos textos así como canciones existen dedicadas a esta bella condición; además me es propicio el mes de mayo, al igual que tendría que serlo para muchos de aquellos que olvidan el gran compromiso que este estado de la vida nos obliga una vez adquirido.


Cuando tenía menos de 4 años, mi mami llegó a mi vida, de tiempo antes de esa época poco y nada recuerdo, solo algunas imágenes de lo que fue mi caminador, un “aparatajo” grande de tubos desgastados con un gran madero para sentarse, semejante al que tienen o tenían los sube y baja (antes llamados gatos arriba, gatos abajo). Hoy, pensando en ello, supongo que el artefacto éste, también haya sido el artífice de las posteriores correrías de mis otros hermanos, al igual que lo fue mi cuna azul, de barrotes delgados que servían de señal al sacudirlos para que me sacaran de allí y me llevaran a la cama de mis padres, barrotes por entre los que en la noche anterior extendía mi pequeño brazo y dormía plácidamente al sentirme protegida, amada y asida al mundo a través de mi mami.



Creo que en este sentido, yo tuve siempre la mejor parte, en primer lugar porque no sabía aun que no era mi madre biológica, por lo tanto mis exigencias afectivas siempre fueron satisfechas sin ningún tipo de distinción. Supe, que mi papá quiso que mi mami, al igual que muchas de las madres de otras familias de la época, permaneciera en casa al cuidado de la misma y de sus ocho vástagos, tengo entendido también, que ésta situación duró poco tiempo, porque mi mami era una mujer independiente, acostumbrada a trabajar y a ascender intelectual y laboralmente. Mi papá debió analizar los pro y los contra, al no encontrar alternativa, accedió, con la condición que la economía de la casa única y exclusivamente dependería de él, en su orgullo masculino y sentido de la responsabilidad no permitiría que ni un centavo del sueldo de mi mami fuera recibido para suplir alguna necesidad del hogar, y así fue; de todas formas aun con mi mami trabajando, el núcleo familiar estaba constituido y bajo esta premisa siempre nos mantuvimos unidos.
Para fortuna nuestra, mi mami constantemente, daba muestras de ser la adecuada para ejercer cierto control sobre mi papá, era a ella a quien acudíamos para pedir los permisos, para “taparles” alguna pelea callejera a mis hermanos o alguna incipiente borrachera en compañía de ya por entonces nuestros tíos. Pero es importante destacar también, que pese a lo delicado que debió ser el lidiar con 8 críos, la labor no le fue del todo difícil por cuanto la buena crianza dada a mis hermanos permitió que la nobleza y calidez de sus respectivos temperamentos aceptaran y aprendieran a amar a la que desde entonces nos daría nuevamente motivos para celebrar el día de la madre.



Me refiero siempre a mis hermanos y no me incluyo, porque para mí, hasta el momento no existía ninguna otra madre, ella fue la que me arrulló, ella fue la que me dio una hermanita con quien jugar de niña, ella fue la que trajo a mi vida una abuelita maravillosa, ella fue la que me hizo probar mi primer “maní-moto”, la que me llevó por primera vez en avión, la que me enseñó la canción de los piratas, la que me ayudó a ocultar ciertas mentiras a mi papa para no ser castigada, la que siempre después de sus viajes fuera de la ciudad (debido a su trabajo) me traía ropa y dulces, la que se enteraba que le tomaba una que otra moneda de su billetera y se hacía la ciega, la que me regaló mi primera grabadora sabiendo cuánto me gustaba la música, aquella que siento que me ama y siempre me amó, aunque nuestros lazos no sean de sangre y aun cuando en mis celos me “moleste” compartir su amor con el resto de mi familia.

sábado, 15 de mayo de 2010

MADRE NO SOLO HAY UNA


A quienes les vendieron aquella idea de que madre solo hay una, no conocieron mi historia, al igual que desconocemos la existencia de muchas otras similares que desmitifican esta tan mencionada frase.


Comenzaré por contarles que mi nacimiento, se debatió entre sentimientos encontrados, pues cuentan que en el cuerpo de mi madre no era la única inquilina cuando me llevaba en su vientre, un cáncer ya había tomado posesión del sagrado recinto el que tiempo atrás fuera albergue de mis otros siete hermanos (anteriores a mi), enfermedad que aparte de sumir en el dolor a mi papá y a toda la familia, también consumió la economía del hogar; pues se decía, que mi padre no escatimó esfuerzos para curar su enfermedad. Pero todo ello fue en vano, a los seis meses de mi venida al mundo, mi madre falleció; por obvias razones, no podría contarles nada mas de ella (a nivel de vivencias personales) excepto las historias que mis hermanos mayores cuentan, porque los dos últimos por ser tan pequeños aún, tienen una vaga imagen de lo que fuera la primera de las madres que acompañaron nuestro crecimiento;
una mujer buena, dedicada a su hogar, a sus hijos, abnegada esposa, de cabellos oscuros, grandes ojos de una mirada profunda y bondadosa, de complexión delgada y elegante, imagino yo, que debió ser muy sonriente, nunca me lo han dicho, pero llevo una imagen gravada en mi imaginación de una mamá con una sonrisa que siempre está cuidando de mi, ya que en vida no lo pudo hacer.

Como nací tan menuda y “debilucha”, la parentela le brindó su apoyo a mi padre, queriendo hacerse cargo de mí, y ofrecieron también encargarse de mis otros hermanos. Sin embargo y pese a la situación tan complicada, agradeció su ayuda pero no nos separó a ninguno de nosotros; para nuestra fortuna, algunos de los familiares más cercanos (hasta una tía política), colaboraron en esta ardua labor, ya que mi padre tendría que trabajar muy duro para mantener la casa y gente que cuidara de ella. Como podrán ver aquí ya se pierde la cuenta de cuantas otras madres participaron en nuestra formación.
Se me dijo que de bebé lloraba mucho, y que no me alimentaba bien, que fui cuidada por mis hermanas y dos criadas además de mi papá, quien a pesar del gran trabajo que le costaba mantener a 8 hijos sin una madre, llegaba a casa y aun cansado me tomaba en sus brazos y me daba mi tetero, decía mi padre que al verme tan pequeñita y tan indefensa se le asemejaba a un renacuajo, desde entonces fui el “renacuajito de papa”.
Después de algunos años, mi padre contrajo nuevas nupcias y trajo a casa, la que desde ese momento sería “mi mami”, una mujer alta, de porte señorial y con la que yo andaba como pollo con mamá gallina, mi mami siempre me llevaba con ella, debido a su cargo en la empresa en la que trabajaba, tenía que viajar mucho dentro de nuestro territorio nariñense y por supuesto, la niña estaba desde muy temprano, lista para salir con ella; como en tantas otras ocasiones, una media pastilla de “mareol” y ¡a los pueblos con mi mami!




Pero además de ella entraron a nuestra familia mis nuevos abuelitos y se sumaron los tíos a la lista de familiares (nunca conocí a mis otros abuelos o quizá no los recuerdo). Me encantaba ir donde mi abuelita Josefina, una mujer estricta pero muy buena conmigo, cuando llegaba a su casa me dejaba poner sus zapatos y disfrazarme con su ropa, jugar era mi único objetivo, y ella amorosa y pacientemente jugaba conmigo. Mientras hacia el almuerzo, abría una ventana que daba a la cocina, comprando y vendiendo ilusiones, jugaba a las tienditas para mi distracción. Me hacia unas comidas que solo las abuelas pueden hacer y me la servía en un plato especial, la única que yo degustaba con avidez, ya que desde pequeña fui de muy mal comer; ella se inventaba miles de maniobras con los platos para que yo comiera: muñecas de pan, empanadas de horno, arroz con leche en mis ollas de juguete, en fin, de esa otra madre, solo tengo recuerdos bellos y amorosos.

Otra de las madres que también hizo mi historia, fue una de mis hermanas mayores, a medida que fui avanzando en edad, y ya que no podía andar a las faldas de mi mami, era mi hermana la que se encargaba de cuidarme, dicen que es, a la que más me parezco físicamente. Como yo era tan endiabladamente inquieta requería el cuidado de una persona mayor que se hiciera responsable por mis actos, muchas canas creo que le saque a la pobre, por ello debió ser que su temperamento en ese entonces era tan recio, cuando la veían venir mis amigos, literalmente salían corriendo, porque con solo una mirada suya parecía que el castigo del fuego eterno se les abalanzaría. Hoy recuerdo con gracia el miedo que nos causaba mi hermana y me enternece la calidad humana de mujer que guarda en su corazón y que siempre está dispuesta a ofrecer a los demás.


A falta de una madre, el universo me compensó con el amor, el cuidado y el calor de muchas madres y todas sus enseñanzas me han servido para dar lo mejor de mí, en el cuidado de mi amada hija, quien hace trece años me otorgó el papel más difícil, más comprometido y más bello del mundo, el titulo de SU MAMI.

sábado, 8 de mayo de 2010

MI PRIMER BESO

[Foto imagenes google]


Quisiera por hoy, saltarme algunos capítulos de mi niñez, y avanzar un poco más hacia otra época que también fue muy importante en mi vida. La ventaja de escribir sobre esta serie de hechos pasados, es que en cualquier momento, puedo retomar y volver a ser la hijita de papá. Pero por hoy, nos trasladaremos a conocer a un personaje que siempre acecha a la niñez, aquel monstruo implacable devorador de inocencias, aquel pequeño gigante que espera la primera oportunidad para ir saboreando cada sentimiento confundido del espíritu de un niño. Les hablo nada menos y nada más que de aquel bicho de la adolescencia, que por ingentes esfuerzos que hice para no atraerlo, al fin se apoderó de mí y lastimosamente en su afán por conquistar adeptos, también arraso con mi hermanita a muy corta edad. ¡Vaya época miserable! se es muy chico para cosas de grandes y se es muy grande para cosas de chicos; dada esta situación, era menester buscar “coaliciones” en similares circunstancias de infortunio e incomprensión, para que la contienda sea un poco mas pareja.



[foto archivo renixco] Algunos amigos de entonces

Aprovechando la ventaja aquella que se tiene sobre los padres, que piensan que sus hijos siempre serán sus niños (hoy puedo sumarme y decir pensamos), continuábamos en nuestras salidas nocturnas a “jugar”, pero ahora no nos dirigíamos directamente a la puerta como si estuviésemos enjauladas; antes, subíamos a nuestra habitación a arreglar nuestra apariencia, el peinado apropiado, la pinta adecuada, y por supuesto la coqueta sonrisa que ya hacía gala de conquistadora… ¡y a la calle¡ Podía notarse nuestro avance mental y cronológico en los grupos formados. Anteriormente no se hacía distinción alguna de género, pero ya por estas épocas, los niños con niños y las niñas con niñas.

La belleza física nunca fue mi aliada, pero esto no fue óbice para convertirme en la mas “popular” del grupo y la más codiciada por los muchachos del barrio y por algunos de fuera, condición que aprovechaba para alimentar mi ego y escoger o despedir a mi antojo.



[Foto archivo renixco]

Había entonces un niño muy lindo, con unos ojos preciosos, era de otro barrio y más grande que yo, por supuesto era el líder de su grupo, (se decía que no eran chicos buenos) le decían el “Gato” y posó esos bellísimos ojos en mi, con mil artimañas logró acercarse y empezamos a ser amigos; hasta que una noche de aquellas, en la que un séquito de chicos detrás de él y otro tanto de chicas detrás de mí escoltaban nuestros encuentros, me pidió ser su novia.

[foto archivo renixco] El Gato



Rondaba ya mis quince años, sin embargo me sentía aun, esa niña de papá que antes les mencionaba. Hasta ahora siempre había parecido ante los demás, la líder, la fuerte, la que sabia como manejar las diferentes situaciones con los “hombres”, pero solo hasta ese momento supe que era una hipócrita, las piernas me temblaron, se me secó la garganta y un hormigueo me recorrió todo el cuerpo, aun guardo la sensación de aquel día memorable en el que después de mucho cavilar lo único que atine a responderle es que lo “iba a pensar”. Mil recados llegaron a mi casa desde esa noche, pidiéndome una respuesta, hasta que llena de valor, con una cartita, después de tres días acepté la propuesta y fijé una cita en la acera de la casa de una amiga; muy lindo y perfumado acudió a la cita, me tomó de la mano y en silencio caminamos, no recuerdo habernos dicho nada, los nervios no me permitían articular palabra. Pero al despedirnos, acercó su rostro al mío y me dio el que desde entonces sería mi primer beso de enamorado, un beso que sacudió mis sentidos y confundió todo aquello que yo creía tener organizado en mi vida. Miedo, amor, gusto, disgusto, fue una sensación sobrecogedora que hoy puedo decir con certeza que no era amor, no sé si fue bello o fue horrible, lo único que sé, es que no fui capaz de soportarlo, ni mucho menos enfrentarlo; así que con la misma imagen de esquela con la que acepté ser su novia, al día siguiente de aquel furtivo beso, envié otro recado dimitiendo al poder de ser la reina de su corazón, con su orgullo de jefe de manada herido, no volvió más por el barrio y jamás me pidió una segunda oportunidad. Después de algunos años, me enteré que había muerto muy joven y guapo aun.


Esa experiencia no aprovechada en su momento, me permite hoy en día poder disfrutar de la tibieza de un beso, del aroma un tanto inmoral de unos labios cálidos y habidos de amor, de aquellas maripositas que en “cosquillentas” sensaciones revolotean en mi y que logré descubrir ya en la edad adulta, sensación ésta, que no quiero dejar ni perder ni expresar con mil besos y mil caricias aunque me acusen de “empalagosa”…

sábado, 1 de mayo de 2010

CONFESIONES



[foto archivo-renixco]
Cuentan mis hermanos mayores que mi hermana y yo disfrutamos de una época mejor en cuanto al carácter de mi papá, por el hecho de ser tantos, al final, ya debió cansarse un poco; de esta manera sufrimos menos castigos y menos reproches de su parte. Sin embargo estábamos a merced de mis hermanos: que pase, que haga, que traiga, que lleve, obedecerles era la única condición para que nos dejen permanecer a su lado, creo que eso forjó con el tiempo, mi espíritu rebelde en defensa de mis derechos. Comprendo que debí ser muy molesta queriendo estar en todas partes y asomando la cabeza hasta por donde no alcanzaba. Por ello, era continuamente objeto de burlas, como aquella vez que se me empezaron a caer los dientes, terrible condición, cuando hay quien te haga blanco de sus guasas, pero también la única arma con la contaban ellos para librarse de mi molesta pequeña presencia cuando precisaban hacer cosas de grandes. Una sola expresión de ellos al mostrarme sus dientes y reír, era suficiente para que salga corriendo a llorar amargas lágrimas de un corazón de siete años ofendido y adolorido, pero el deseo de andar con los “grandes” superaba las ofensas, los dolores y las lágrimas.


[foto archivo-renixco]

Para ventaja de nuestras relaciones en la familia, en casa con el ejemplo se nos enseño a no guardar rencores, ni odios ni resentimientos en nuestros corazones, de tal suerte, que después de alguna zurra que les propinaban (dada a causa de algunas de mis informaciones) al momento estaba todo olvidado, mi papá nos abrazaba y con la cola aún caliente y colorada por la palmada (léase correazo), enjugaban sus lagrimas con el consiguiente sermón de lo que se debe hacer para llegar a ser hombres y mujeres de bien. Para mi fortuna esta misma actitud manejaban conmigo mis hermanos, y después de pasado el susto siempre estaban ahí, todos ellos solo para mí. Este sentido de propiedad que tenía de mi familia, mis amigos y todo cuanto me rodeaba me ha causado muchos problemas en la vida; inicialmente porque siempre fui el centro en la vida de todos, ya por pequeña, ya por enfermucha, ya por charlatana, ya por metida, ya por llorona, ya por risueña, todo empezaba y terminaba en mi.


[foto archivo-renixco]
Aprendí entonces a ser celosa del amor, dicen los “entendidos” en estos temas, que los celos son inseguridad, no sé a qué tipo de inseguridad se refieran, lo único que yo entendía (ya creo haber superado en gran medida esa actitud) es que al ser tan importante en la vida de tanta gente, ideé un mundo a mi alrededor en el que todo fueran sueños, amor y risas, que nunca nadie me quitaría lo que es mío y me pertenecía. Duro golpe el que recibí uno a uno, cuando mis hermanos a medida que se hacían mayores empezaron a dejar el seno familiar en busca de su destino: ya por estudio ya por cambio de estado civil; aprendí a llorar por dentro, a solas, cada ausencia, cada partida, cada silla vacía en nuestro gran comedor (no quería seguir siendo catalogada como la más llorona de la casa) y dolorosamente comprendí que en el universo existen personas importantes diferentes a mí y para que la lección sea mayormente a provechada y aprendida, el destno quiso que fuera la última en salir de casa después de varios años que haber quedado sola con mis padres, creo que esa añoranza y ese dolor es el que a través de estas narraciones estoy canalizando y compartiendo con todos los que de ustedes deseen vivir conmigo ese ensoñador mundo de los recuerdos….

sábado, 24 de abril de 2010

CAMINAR Y CAMINAR...


[foto-renixco]

Por lo general, los domingos salíamos de paseo con toda la familia, no había necesidad de fincas, ni sitios de recreo…teníamos toda la naturaleza a nuestra disposición, de preferencia, buscábamos un sitio con verdes prados y un riachuelo que por aquellos días abundaban.
Con el machismo que imperaba en casa, (aún cuando las mujeres éramos mayoría), desde el día anterior, mi mamá y mis hermanas preparaban lo que sería la merienda del paseo. Desde muy temprano en la mañana, se sentía ya el calor de la cocina con los aromas de un delicioso sancochito de gallina y sus demás complementos. En un canasto grande, se extendía un mantel de cuadros rojo con blanco el cual serviría para tender en el potrero elegido; en el fondo del canasto, las ollas, (amarradas la tapa con un cordel) una panera gigante llena de arroz, las infaltables papas, un gran frasco de ají con maní, bocadillo veleño con queso, y aparte una canasta de gaseosas la que mis hermanos, (eso sí lo hacían los hombres) cargarían y ubicarían en algún lugar del rio para que se mantengan frías y frescas a la hora de tomar; platos, vasos y cubiertos sellaban el avío. Entre tanto se organizaban las viandas, mi papá y las menores ya estábamos listos para la travesía, no sin antes empacarnos media pastilla de “mareol” a cada una para no arruinar la diversión en el camino.

[fotos archivo renixco]

Teníamos un carro Willys blanco, nuestro compañero de viaje y un miembro más de la familia, su nombre era “El Chuncho”, era un carro por demás generoso, pues permitía que alcanzáramos absolutamente todos sin dar qué hacer. El camino lo acompañábamos con canciones y juegos liderados: unos por mi mami otros por su hermano…”la mar estaba serena…serena estaba la mar”….”yo tenía una mula rusia en la ciudad de Guayaquil…”, “Yo te daré, te daré una cosa te daré niña hermosa, una cosa que yo solo sé. Café”, cantos como éstos, (los que hacíamos con todas las vocales) de nunca olvidar, nos llevaban por caminos polvorientos de nuestra región, haciendo más corto y amable nuestro peregrinaje.


Uno de los sitios que preferíamos era un lugar llamado Pilcuan, nombre dado según cuentan los mitos, en honor a un guerrero valiente que defendió al pueblo de un gran mounstro que amenazaba con acabar con la gente de la zona. Ubicado entre Pasto e Ipiales de un clima moderadamente cálido y sobretodo acogedor.


[fotos archivo renixco]

Una vez elegido el sitio ideal, todos salíamos, y en grupos, cada cual a una labor, mi hermana menor y yo, nos metíamos en el rio y jugábamos con barro y piedras; mi papá se recostaba en algún tronco o a la sombra de un gran árbol de guayabas que al tiempo de darnos cobijo, nos proveía del exquisito fruto; mis hermanos y hermanas se reunían y si hay algo que recuerdo mucho, es que por lo general siempre estaban riendo, grandes carcajadas coreaban su cuchicheo, cuchicheo que mi papá aborrecía (supongo que por no poder participar de él) y vicio al que jamás pudo vencer, pese a sus incontables regaños y miradas furtivas de mi mami para que no le diésemos un disgusto al autor de nuestros días.


[foto archivo renixco]

Después del almuerzo y una vez dispuesto todo nuevamente en el canasto, salíamos a caminar. Siempre me parecieron grandes…grandes caminatas, en el andar, nos contaban historias de su pasado, de su dura niñez, quizá para hacernos entender cuán amable era el universo por dotarnos de una gran familia y de tanta comodidad, pero para mí, en mi mente, aun con la irreflexión de la niñez, en lugar de crear conciencia de esos momentos, lo único que atinaba a pensar era en un lugar cómodo donde sentarme y tomarme una gaseosa pues ya estaba bueno de caminar.

Ahora mirando hacia ese pasado me doy cuenta el por qué me gustan tanto las grandes caminatas, el por qué me encantan los paseos frente a la naturaleza, el por qué me arrulla y me roba el alma el sonido del agua al chocar contra las rocas, el por qué extraño tanto compartir con mis hermanos y reír de nuevo como entonces, el por qué añoro tanto las historias de mi padre tomados de la mano por esos polvorientos caminos que nos vieron crecer, reír, jugar y soñar.

sábado, 17 de abril de 2010

VACACIONES DE ENSUEÑO

Cuando llegaba la temporada de vacaciones del colegio, en los meses de julio y agosto, nuestros padres planificaban cuál sería nuestro destino. Algunas temporadas las pasábamos con mis primos, en su finca, hacia el norte de nuestra región (exquisitas vacaciones que luego les narraré) y otras veces donde el resto de la parentela, en un municipio ubicado al occidente del departamento de Nariño llamado Consacá, para que se hagan una idea, el ensoñador lugar, se extiende desde las faldas de nuestro bien-amado volcán Galeras hasta el cañón del rio Güáitara a unos cincuenta kilómetros de la ciudad que me vio nacer, Pasto.



[Vista de Consaca - Foto renixco-]

Por entonces, la única manera de acceder a tan bellos y naturales parajes era un transporte por demás sui-generis llamado chiva, el que servía de “exportación e importación” a toda clase de artículos y personas; no había posibilidades de palcos para las “gentes de bien”, todos formábamos parte de la misma carga, con suerte, podíamos encontrar asientos tapizados con lona roja y acolchados con una incipiente espuma de un centímetro, tachonados en sus bordes con “chinches” (de esos ganchos de cabeza dorada que se usan en tapicería), otros pasajeros en cambio, compartían sus sentaderas con los bultos de papa y yuca que se llevaba desde o hacia el mercado, abrazando ya su cerdo, ya su oveja, ya su gallina o en el mejor de los casos su mascota perruna cuya raza era imposible de descifrar dada la libertad “sexual” con la que cuentan estos fieles compañeritos en el campo.



[Iglesia de Consacá]

Había que madrugar a las cuatro de la mañana para alcanzar el carro que nos llevaría de paseo. Una vez llegados al pueblo, un tío de mi mami, mandaba caballos hasta la plaza donde descargaba la chiva y de ahí en adelante los mansos jamelgos conocedores de la ruta hacia la vereda, muy despacio y calmadamente nos llevaban en sus cansados lomos hasta Paltapamba, una hermosa vereda confeccionada a base de grandes plantaciones de café, plátano y cuanto producto engendre la tierra caliente. Una casa campesina nos esperaba con la calidez de una tulpa humeante en una cocina inmensa y oscura, sentada a un lado, la amable mujer del que llamábamos a boca llena, el Tío Julio, desgranando unos choclos para hacernos la “poliadiata”. No acabábamos de descargar nuestro menaje, cuando a nuestro encuentro salía el resto de la familia incluido los infaltables perros de las mismas razas desconocidas de la que fueran nuestros acompañantes en el viaje.


Los días pasaban muy a prisa en el campo, el tío empezaba su jornada y partía muy temprano en la mañana. En tanto que mis dos hermanas mayores bajaban al pueblo a encontrarse con los amigos, mi hermana menor y yo alistábamos nuestros trajes para bañarnos con una manguera que proporcionaba agua al beneficiadero. Según decían, venia del “mismísimo” volcán, debió ser de alguna montaña cercana porque en realidad se podía ver y sentir su frescura y pureza (era muy clara y helada) pero para nosotros como veraneantes era algo único y excepcional, pasábamos el día jugando entre los cafetales, quitándole el tiempo al buen mayordomo, quien en noches estrelladas acompañadas de un montón de luciérnagas nos deleitaba con melodiosas canciones extraídas de un instrumento nunca antes visto: una peineta y una hojita. No podían faltar las historias de miedo de las que nunca fui amiga, pero había que mostrar fuerzas de flaqueza y madurez para escucharlas, total y por fortuna todas dormiríamos juntas para acompañar nuestros temores.


[Casa del tio Julio Paltapamba]


A la mañana siguiente teníamos que ir al pueblo para recoger la encomienda que mi mami nos enviaba: obsequios para los tíos y muchas golosinas para la semana. Todo lo compartíamos, pero había algo que escondíamos de manera celosa y egoísta; eran los “masmelos” que guardábamos para llevarlos luego a un descampado oculto a los ojos de los demás visitantes, en complicidad con una de mis hermanas mayores, prendíamos una fogata con hierba seca y algunas ramas y en unos palitos de los mismos arboles que nos servía de escondite y refugio, hacíamos deliciosos malvaviscos solo para las tres, era nuestro gran secreto, nuestro gran, dulce y “empachador” secreto. Después de tal banquete, subíamos nuevamente a la casa, como si nada hubiese pasado por nuestras bocas.


[Fotos -renixco-]

Son muchas las vivencias de esas bellas vacaciones que me alargaría en contar, por lo pronto, los dejo con el olor a campo, a tierra húmeda, a estrellas; con el calor de sus sembrados y de la gente buena; con el sabor de un café recién tostado y con la imagen de una casa de tejas semejante a las que dibujábamos de niños, adornada por una estela de humo que indicaba que entre sus paredes había un hogar cálido esperando siempre por ti.

sábado, 10 de abril de 2010

¡CARRERA DE PUERCO!

CARRERA DE PUERCO!!

Pareciera ser que mis relatos fueran retomados de la fantasía y la imaginación; de alguna manera puedo decir que lo son, porque formaron parte de esa imaginación y de esa fantasía que viví en mi niñez. Paisajes, momentos, personajes, todos estos sucesos de la infancia coloreados por la memoria…todo se recuerda más luminoso…más grande… Mi papito acostumbraba a caminar muchísimo y nos guste o no, le acompañábamos en sus grandes caminatas, (es curioso entender cómo podía disgustarnos algo tan lindo como eso), de un lado tomaba la mano de mi mami, y del otro lado la de mi hermana mayor, con quienes ya se podía entablar conversaciones de grandes, porque ya eran señoras casadas, y atrás en la cola todo el resto del rondador. ¿Han visto los que venden paticos en la calle? Adelante van los papás y atrás en hilera los patitos, algo parecido era con nosotros, con la diferencia, que mi hermana menor y yo teníamos que ir adelante, donde nos pudieran mirar, no vaya a ser que en un descuido, los coleccionistas de tesoros se apoderen de nuestra niñez. Entre tanto mis hermanas y hermanos, atrás en un solo cuchicheo y carcajadas hacían gala de la independencia que les daba el poseer unos que otros años de mas. En el camino recogíamos toda clase de cosas, y las guardábamos en los bolsillos: piedritas, pedazos de vidrios de colores, hojas de diferentes plantas, y no faltaba el ramo de flores (le llamábamos flores de mote, no sé cuál sea su verdadero nombre) de esas que se crían en la hierba y son redondas como copitos de algodón; adornábamos el ramillete con algunas flores amarillas, también silvestres, que crecen en el filo de algunas aceras (diente de león), empuñando nuestro ramillete se lo ofrecíamos a mi mami y la pobre tenía que andar todo el camino con los ramos en la mano, y estar atenta porque nuestras miradas de tanto en tanto regresaban a verificar si tan honroso presente era debidamente custodiado; espantando los bichos habitantes de las flores, con una sonrisa, mi mami nos agradecía el hermoso obsequio. Otra de las cosas que siempre buscábamos al caminar, era un palito, que guarde cierta estética y dimensiones acordes a nuestras exigencias, dadas sus múltiples utilidades, éste nos serviría de bastón, de espada, de desarmador de hormigueros, de espanta-bichos… pero el uso principal del tal palito, era el de rascarle la panza a los puerquitos que encontrábamos en el camino. Ya les explico...


Por lo general, en el trayecto se encontraba amarrados en una estaca a nuestros amigos los cerdos, a mí, siempre me pareció que ellos eran unos animalitos felices, porque su expresión es de una constante sonrisa, por esa razón nunca les tuve miedo, mi papá nos enseño que con el mencionado palito les rascáramos la barriga y éstos por más grandes que fueran se quedaban quietos del gusto hasta que sus patas se empezaban a aflojar y caían echados de un lado, sin cambiar la expresión de satisfacción de sus rostros, lejos están los pobres de saberse invitados especiales a una buena chicharronada. No podía faltar entonces la anécdota correspondiente a este aprendizaje, un día de aquellos en los que repetíamos la labor con el palito, uno de ellos no estaba con tan buenas pulgas como los que conocimos en otras oportunidades, y al parecer no le causó ni cinco de gracia que le fuéramos a importunar rascándole nada, y enojado como estaba (con la misma sonrisa hipócrita de siempre) se soltó de la estaca y fue a por nosotros, mi hermana menor alcanzó a saltar a los brazos de mi mami, otra suerte tuvimos mi hermana mayor y yo, quienes tomadas de la mano echamos a correr presas del pánico pensando que la chicharronada para el puerco seríamos nosotros, todo el mundo trataba de atajar a la bestia embravecida, yo volteaba a ver para saber si tenía que detenerme o correr más a prisa, y veía como las orejas de animalejo, ondeaban en la carrera cual blonda cabellera al viento, no se por cuánto tiempo, ni qué distancia corrimos, recuerdo que fue mucho, hasta que alguien nos abrió una puerta y nos hizo entrar a la casa mientras afuera la gente gritaba y corría detrás del abusador, nuestras expresiones debieron ser de horror, porque con un vasito de agua nos calmaron, hasta que llegó mi papá para recuperar de nosotros lo que quedara, con una sonrisa burlesca, agradeció a quienes nos auxiliaron. Y regresamos a casa entre las risas y las burlas de mis hermanos, por miedosas y flojas. Sabe Dios cuántos años he tenido que soportar las bromas de mi familia a costa de mi “incontable sufrimiento”.

sábado, 3 de abril de 2010

!¡ A MERCAR !¡


Muchos de los eventos importantes en mi casa paterna y me atrevo a decir que en la mayoría de los hogares de entonces, ocurrieron alrededor de un buen plato de comida y en la mesa del comedor, de hecho los grandes sucesos de la historia se gestaron al calor de un gran cena acompañada con toda clase de bebidas y manjares. No estaba muy lejos mi familia de unirse a tales festejos, por aquellas épocas (como dice mi hija, al referirse a mi niñez y adolescencia), todo suceso era motivo de reunión familiar y obviamente un gran almuerzo. Aún cuando mi papá tenía a nuestro servicio dos empleadas internas en la casa, otra de fuera, dedicada al lavado de la ropa y una señora más, encargada de almidonar las camisas, era nuestro deber (al menos el de las mujeres) aprender a preparar toda clase de platillos; con una vanidad casi extravagante decía mi papá “mis hijas saben preparar desde una changua hasta un banquete”, y en efecto así era, desde las más pequeñas nos defendíamos en la cocina, empezando, porque eran mis hermanas mayores las que administraban el mercado.



Mi papito encargaba el dinero a una de ellas, quien escogía de entre todas las mujeres restantes a la que había de colaborarle en estas tareas. Las dos visitaban la plaza de mercado en busca de los mejores productos: ya abriéndose camino en medio de las hojas de un choclo para pellizcar un grano y saber si está tierno, ya buscando “papa parejita” huila roja, ya quebrando una yuca para saber si esta amarillita, o que el plátano verde no esté pintón… Fue de la mayor que aprendimos a regodear precios, a decirle - “pero hoy si amaneció brava”- a la señora enfundada en una ruana en su cintura cual coraza que protege su dinero, la gordura de sus años y su trabajo, cuando según nuestro saber y entender de la economía casera pensábamos que podíamos obtener mejores precios por los productos.


Aprendimos además a esquivar cajonazos y costalazos de los coteros a su grito de “ojo..ojo”, a probar fruticas sin preocuparnos de virus, bichos y demás animalejos, a comer mote en hoja; todos estos hechos no solo ayudaron a nuestra formación administrativa, sino también a obtener defensas personales y en el cuerpo. Después de esta ilustrativa clase, llegábamos a casa con una gran canasta de frutas y verduras y unos costales con el resto. Dejando la orden de organizar el mercado, salíamos a por la carne y el pollo que acompañarían el refrigerador durante la semana.

Este ritual era cada sábado y pasaba de generación en generación, mis hermanas se cuidaban de dejar uno que otro peso para el gasto de la semana, pan, leche, huevos y uno que otro gustico personal, hábiles administradoras eran, de tal suerte que nunca hicieron faltar nada, de ahí la confianza de mi papá, en dejar la casa a su cuidado. Una a una fuimos pasando, a medida que mis hermanas se casaban y se hacían cargo de sus propias familias. Para semana santa, que era una fecha especial en todo sentido, se mandaba a buscar unas buenas calabazas para la juanesca, se compraba en la plaza de manera especial lo que compondría este apetitoso potaje: ollocos, papa murita, choclos, habas, frijol y por supuesto maní; desde el día anterior se dejaba partiendo las calabazas y quitándoles las semillas, las que mi papá ordenaba se pongan a secar en la sala de estar para al otro día tostarlas, molerlas y preparar con ellas un exquisito ají. Desde muy temprano el jueves santo, se sentía en la cocina el movimiento de las ollas hirviendo con la calabaza, y nosotros a un ladito pelando las pepitas, una iba a la boca y otra para la paila de tostado. Acompañaba a este suculento plato, un pescado previamente aderezado y enharinado el que se freía al momento de servir con suficientes patacones.

El premio al comer todo, lo constituía el “postre” que constaba de una rodaja de papaya bañada por leche condensada, de reojo esperábamos a que mi papá se descuide para dejar el plato reluciente después de darle una buena mano de lengua a los restos del dulce que se resistían a la cucharita… Así en medio de la algarabía y risas de todos, disfrutábamos en nuestra mesa, de la bendición de tener una gran familia y un gran padre proveedor de bienes materiales, y amor….

sábado, 27 de marzo de 2010

MI ESPIRITU INQUISIDOR

MI ESPIRITU INQUISIDOR
Quién de niño no tuvo la hermosa experiencia de ver germinar un frijolito… En todo colegio, escuela y sitio que se precie de enseñar, se daba la cátedra de las innumerables posibilidades de la creación, quizá fuera en Ciencias Naturales o en Biología o botánica, en fin, al título de la materia restémosle importancia frente a la grandeza de lo que es la procreación y la reproducción en todas sus formas. Y por supuesto no estaba yo por la labor de dejar pasar esta oportunidad de poner en práctica mi espíritu inquisidor e investigativo. Nos enseñaron que dejando en un frasquito encima de un algodón embebido en agua, pasados unos días y cuidando su proceso diario, éste germinaría y se convertiría en una inmensa mata de fríjol. Mi excesiva actividad infantil, hacía que yo revisara el proceso cada minuto, llevé mi preciado frasquito cerca a la ventana de mi habitación, para que recibiera los rayos del sol que alimentarían a mi plantica y en efecto, el granito comenzó a reventar, y por uno de sus extremos comenzaron a salir pequeñas hojas en forma de corazón (a mi me lo parecía) y sus raíces se aferraban al algodón en busca del tan anhelado alimento…el agua. Como me di cuenta de lo fácil que era este asunto, busqué entonces más frascos y puse en ellos toda clase de granos que encontré: alverjas, lentejas, maíz pira (imagino que anhelaba tener una mata de crispetas), habas entre otros. Mi ventana parecía todo un invernadero, hasta papas y “ollocos” alcanzaron a formar parte de granja personal, mi papá, amante del orden y del buen gusto, no miraba con muy buenos ojos lo que para él era un gran desorden, sin embargo no me decía nada. Después de llevar mi tarea al colegio, pregunté cuál era el siguiente paso, que para efectos de la materia ya no era necesario aprender, pero yo no podía dejar de pensar en el momento en que mi frasquito me diera para cosechar el que sería mi sustento diario; es así como decidí trasplantar mis legumbre, leguminosas y hortalizas, al jardín de la casa, en medio de las violetas y debajo de unas plantas con flores matizadas entre rojo naranja y amarillo (llamas creo que les decían) sembré todas mis ilusiones…bueno…al menos parte ( mas adelante les cuento el por qué). Como dicen la mayores, al parecer “tengo buena mano” para las plantas, porque todo lo que sembré creció, es así como pude ver nacer una alverja envainada, vi las hermosas flores de mi planta de haba y enroscarse en círculos las acorazonadas hojas de un fríjol, también degusté la primera zanahoria de mi cosecha y el dulce sabor amargo de un rábano…A todas estas experiencias, mi papá siempre estuvo atento, celebrando, sin hacerlo notar, la felicidad que me daba ver todos los días mis planticas…Todo iba bien hasta que decidí incursionar en la reproducción animal, es un hecho un tanto vergonzoso, pero para librarme de este karma, se los voy a contar. En la televisión vimos como se hace para obtener un pollo a partir de un huevo (después de los nefastos resultados, me di cuenta cuan “destructivos” son los documentales a esa edad). A mi hermana le habían regalado, (quizá en algún cumpleaños) una lonchera en forma de maleta, con florecitas verdes y forrada en su interior, la que por supuesto yo siempre quise para mi, y ella nunca compartió, haciendo un paréntesis, en eso tengo que ser una delatora, (de mis manía y de las de ella), Por mi parte siempre me gustaba vestirme con lo ajeno, (lo llamaba mi mami) para mí, era un compartir, yo veía como mis hermanas mayores compartían sin problema, no entendía por qué no podía ser igual con mi hermana menor? no solo vestirme, también utilizar lo ajeno, tampoco tenía problema con que utilizaran mis cosas, cuestión de temperamentos. En fin, volvamos a nuestro asunto…Una vez tomado nota de los pasos a seguir para empollar un huevito, decidí utilizar la mentada lonchera para hacer mi propia incubadora, la forré con algunos retazos de tela para que cuando naciera el pollito no sintiera frio, desbaraté la lámpara de mi mesita de noche y le ubique bombillo a mi invención, saque un huevo de la nevera y lo acosté en el mullido refugio, cerré la maleta y la puse debajo de la cama y a esperar…Lo vergonzoso que hacía alusión hace un momento, es porque casi ocasiono un enorme incendio. Ese día tuvimos que salir todos de casa; al llegar, un horrible olor y una gran humareda llenaban las habitaciones y nadie sabía de dónde provenía, excepto yo, que corriendo subí y encontré mi proyecto consumiéndose ya en pequeñas llamas, el desastre pudo haber sido monumental de no haber llegado a tiempo, a pesar del daño que ocasionó mi travesura, no me regañaron, al contrario, ( y ya pasado el susto) ha sido motivo de burla durante años y ese ha sido mi mayor castigo…creo que haciéndolo público me libero un poco de ese trauma que me ocasionaron mis incursiones investigativas y científicas…

sábado, 20 de marzo de 2010

LA DANZA DEL BRILLO...

LA DANZA DEL BRILLO

Mi casa paterna, muy aparte de ser solo un refugio, era nuestro sitio de juegos, nuestra callada cómplice de diabluras, pero para que sea un lugar digno de tales apelativos, había que invertir tiempo y energía en mantenerla brillante, en aquellos tiempos todos los pisos eran de madera (como decía mi papá orgullosamente: de pino rooomerillo), exceptuando el sitio dedicado a la mesa de ping-pong y el salón que daba entrada al comedor y la cocina que eran de mármol, igualmente reluciente. El conservar éste lugar en condiciones de espejo, contaba con la participación de todos o casi todos los hermanos, quienes con viruta gruesa en cada pie, bailábamos la “danza del brillo”, era genial ver aquel ritual, todos de diferentes edades éramos uno solo con un objetivo común: dejar pelado el piso, y no les estoy hablando de un pequeño espacio, en la parte de abajo dos salas grandes adornaban un extremo de la casa, el estudio, la gran entrada principal, además del comedor y ni les cuento del segundo piso porque esa era misión para otro día, pues no podíamos abarcar todo los frentes sin quedar literalmente “echando la gota”. Entre risas y algarabía terminábamos agotados pero satisfechos. Había que continuar con la cera, una barra con un pinito ya amarillento en su empaque, no estoy muy segura de formar parte del selecto grupo dedicado a la encerada, creo que eso ya lo hacían las empleadas, lo que sí recuerdo, es que sendos periódicos adornaban el camino por el que habíamos de transitar para no dejar huellas y dañar la labor familiar, hasta continuar al siguiente día con la danza aquella. No se estilaba por esos días el uso de la brilladora aún, por lo tanto, había que recurrir a unos paños suaves en los que nos sentábamos los pequeños, mientras los grandes tiraban por los extremos, era una delicia, no sé decirles si mis hermanos lo disfrutarían en la misma medida que yo, porque para mí, aparte de compartir con los grandes que era una labor que me gustaba mucho, (para ellos no debió ser nada agradable tener que calarse a la metida hermana pequeña en tooodas partes) todo era un juego. Una vez que los muebles se disponían en su lugar, había que lavar las porcelanas de las vitrinas, ese era otro juego del que me encantaba participar. Se disponían varios recipientes encima de la mesa de ping-pong: uno con jabón y abundante espuma y dos más con agua limpia para completar el enjuague, alrededor de la mesa veíamos como sumergían pieza por pieza en un baño de espuma, al salir del jabón pareciera que las bailarinas, las muñecas y las flores que adornaban las jarritas, sonrieran de verse limpias y resplandecientes, era entonces cuando la recibía otro participante para quitarle los restos de jabón; un último baño daba paso a la mirada escrutadora de mi hermana mayor o la que estuviera haciendo las veces, quien después de asentir, colocaba la figura otra vez encima de “periódicos” (los compañeros fieles a lo largo de nuestra existencia) con dedo índice de advertencia de cuidarnos de pasar por esos lares y romper alguno de los preciados tesoros. Con pies de plomo y manitos atrás como nos enseñara mi papá, pasábamos a ver si ya estaban secas y si en verdad sonreían después de quitarles tanto polvo acumulado, producto de la pulida de los pisos....

Estos y otros muchos eventos de nuestra cotidianidad hacen, como lo dice Soledad Pastorutti en su canción el brindis, “que los recuerdos parezcan de otras vidas”, de alguna manera nuestro pasado es ya otra vida, para aquellos que no creen en la reencarnación, cada segundo de nuestra vida muere y día a día reencarnamos en un individuo diferente al que fuimos el día anterior y aunque con estos relatos retrotraigamos sucesos de nuestra infancia…nunca podremos volver sobre nuestros mismos pasos….

domingo, 14 de marzo de 2010

¡¡¡ A JUGAR !!!

¡¡¡ A JUGAAAAR !!!

Qué bella, tranquila y buena es la infancia, me doy cuenta que por aquellas épocas no había distinción de clases, ni económicas, ni sociales, simplemente éramos niños jugando. Nuestros más puros y nobles sentimientos los dedicábamos al pensamiento, y por aquel entonces esos pensamientos tenían un solo horizonte, “jugar”. Cuando llegaba el fin de semana, nuestro afán era el desocuparnos rápidamente de la comida para salir con nuestros amiguitos, todo el barrio se llenaba de niños de todas las edades y condiciones sociales: el hijo de la señora de la tiendita, los hijos del celador, el hijo de los señores que repartían la leche, en fin, un “heterogéneo grupo de homogeneidad infantil”. Salíamos con el último bocado aún sin digerir al escuchar el SI de mi papá (una vez que entre miradas con mi mami de habían puesto de acuerdo), respondiendo al que en turno le tocaba pedir el permiso; de la misma manera en la que llamaban a la puerta por nosotros, así también, corríamos de casa en casa a por nuestros compinches; después de reunir un gran número de amigos, decidíamos la labor de la noche, en ocasiones con la ayuda de los grandes saltábamos a la cuerda, era una soga gruesa y mágica que atravesaba la calle y nos permitía ver el futuro… ”monja…, viuda…, soltera…., casada…., divorciada”, no recuerdo cuál estado de estos correspondía al castigo, quizá por las condiciones católicas por herencia adquiridas en toda la comunidad, el premio sería para la monja y el castigo correspondería a la divorciada, la que tenía que tomar un extremo de la cuerda y dale a “batir” como se le decía entonces, hasta cuando cansados de ver un “futuro tan prometedor”, optábamos por jugar al “congel”, supongo que fuera el apócope de congelado, o al ponchado (algo parecido al mal llamado beisbol), al tope (los más refinados hoy le llaman “lleva”) y a pedir “tapo” cuando estábamos agotados de correr (hoy conocido y pronunciado como “taim”). Entre gritos y alegatos con el “ajuntador y el desajuntador”, la noche se hacía excesivamente corta aunque muy productiva, sobretodo porque antes de terminar la jornada hacíamos competencias con los mas avezados del grupo, por lo general eran los niños (y por supuesto yo, al mando) de ir hacia las tapias, donde crecía la hierba más larga y levantarla para coger sapos, sin escrúpulo alguno los reuníamos en nuestras camisetas y luego, habríamos un hoyo muy profundo en los montones de arena que servían para las construcciones aledañas y los metíamos, el que más sapos capturaba era el vencedor. En realidad lo que siempre esperábamos calladamente era que los batracios éstos, permanecieran toda la noche encerrados en el túnel que habíamos fabricado para ellos y tener la satisfacción de darles libertad al otro día. No entendíamos por qué a la mañana siguiente, habían huido los muy cobardes, sin dejar ni el más mínimo rastro de haber compartido el juego con nosotros… qué ingratos son a veces los amigos… Es extraño que en estos tiempos le tema a los bichos, toda clase de bichos…lastimosamente al aumentar el tiempo de llegar al final, mas temerosos nos volvemos, lo bueno e importante es poder guardar en la memoria estos momentos que por ser tan simples…son hermosos.

sábado, 6 de marzo de 2010

MI EXPERIENCIA CON EL GANADO

MI EXPERIENCIA CON EL GANADO

Empezando a escribir sobre mi vida, se agolpan en mi mente un sinnúmero de recuerdos todos quieren ser escritos y desordenan mi redacción, porque no sé si son: antes o después de cierta edad, bueno, pero lo importante no son las fechas, al fin y al cabo fueron vividos en estas dimensiones y a esas vivencias me remito.

De estudiantes, cuando mi hermana mayor se graduó, quedé sola en el colegio, al tiempo, la menor entró a bachillerato, por lo tanto estaba yo a cargo, anteriormente el bus escolar nos llevaba y nos traía entre la casa y el colegio, de pequeñas hasta bueno era el servicio, pero ya en secundaria era otro asunto, por esa razón y como yo estaba al mando, hablamos con mi papá y acordamos que desde ese día tomaríamos el transporte público, argumentando que algún día tendríamos que aprender a desenvolvernos solas por el escarpado mundo del “proletariado”. Mis argumentos debieron ser muy convincentes, porque mi papá accedió a tal petición y desde el día aquel, nos daba el dinero para el recreo y para el bus. Pero lejos de mi estaba subirme en tales aparaticos (al menos por el momento), en vista de mi facilidad para madrugar, muy temprano en la mañana estábamos en pie de lucha, bañadas, peinadas y perfumaditas, salíamos de casa en un caminar casi de trote para llegar a tiempo y así ahorrarnos lo del transporte, pero no solo era esta motivación, a esa hora por la calle, muchos estudiantes de todos los colegios iban y venían y nuestra preferencia era la masculina, pero no crean que por el título del texto de hoy me voy a referir a este tipo de “ganado”, ese es otro asunto el cual espero recordar y reseñarles en otra oportunidad…Un día normal, como tantos otros de aquellos que la rutina acompañaba nuestro andar (hecho, por obvias razones desconocido por mi padre), un tumulto de gente, gritos y carreras rompieron la cotidianidad de aquella fría mañana; mi hermana y yo, no entendíamos qué ocasionaba tal caos, cuando de la nada, como si fueran las fiestas de San Fermín, apareció un enorme toro blanco con grandes cuernos y una inmensa giba, corría asustado envistiendo a todo lo que encontró a su paso, con tal mala fortuna que atropelló a mi hermana dejándola tendida en el suelo inconsciente. Nunca he tenido un susto como aquel, al verla tendida en el suelo con su uniforme rasgado, solo atinaba a escuchar murmullos de la gente que decía “esa niña está muerta”, no sabía si se referían a mi por la palidez del temor o a mi hermanita, en realidad como dirían en un programa mejicano “fué horrible…fué horrible”, yo lloraba a sus pies, pedía que alguien me ayudara, pues no sabía qué hacer, sólo cuando mi peque abrió los ojitos, pude pensar con claridad, la claridad que un tercero o cuarto de bachillerato me permitía, (no muy sesudo por cierto) pare un taxi y con la ayuda de un buen samaritano, la subimos al vehículo, entre “ayes” y desmayos la llevé a un hospital, una camilla la recibió, fue entonces cuando le di un beso, le dije que todo iba a estar bien y corrí a casa. No les miento si les digo, que no paré de correr en una sola respiración, mis lagrimas se secaban con el viento en la carrera, orando para que mi hermanita no muriera; hasta el momento no había pensado qué mentira le diría a mi papá para justificar nuestra ubicación, porque sabía, que después de pasado el susto, él lo preguntaría, eso no era importante por ahora, y de hecho ni lo recuerdo. El mugroso toro, y coprotagonista de esta parte de mi vida, le había quebrado la clavícula a mi hermana, aparte de romperle y revolcarle el uniforme (pese a ello, estoy en contra de las corridas de toros). Supimos por los diarios locales después, que la res, había escapado de un camión al descargar el ganado en alguna parte de las afueras y asustado en su loca huida, no solo atropelló a mi hermana, sino que también hizo muchos estragos en la ciudad, tanto sería, que fue noticia periodística. Mi hermana tardó un buen tiempo en recuperarse y soportar la incomodidad del yeso, entre tanto por esos días, nos llevaban al colegio en el carro, después de eso…volvimos a las andadas….