Piedra Laja- Genoy Nariño

sábado, 24 de abril de 2010

CAMINAR Y CAMINAR...


[foto-renixco]

Por lo general, los domingos salíamos de paseo con toda la familia, no había necesidad de fincas, ni sitios de recreo…teníamos toda la naturaleza a nuestra disposición, de preferencia, buscábamos un sitio con verdes prados y un riachuelo que por aquellos días abundaban.
Con el machismo que imperaba en casa, (aún cuando las mujeres éramos mayoría), desde el día anterior, mi mamá y mis hermanas preparaban lo que sería la merienda del paseo. Desde muy temprano en la mañana, se sentía ya el calor de la cocina con los aromas de un delicioso sancochito de gallina y sus demás complementos. En un canasto grande, se extendía un mantel de cuadros rojo con blanco el cual serviría para tender en el potrero elegido; en el fondo del canasto, las ollas, (amarradas la tapa con un cordel) una panera gigante llena de arroz, las infaltables papas, un gran frasco de ají con maní, bocadillo veleño con queso, y aparte una canasta de gaseosas la que mis hermanos, (eso sí lo hacían los hombres) cargarían y ubicarían en algún lugar del rio para que se mantengan frías y frescas a la hora de tomar; platos, vasos y cubiertos sellaban el avío. Entre tanto se organizaban las viandas, mi papá y las menores ya estábamos listos para la travesía, no sin antes empacarnos media pastilla de “mareol” a cada una para no arruinar la diversión en el camino.

[fotos archivo renixco]

Teníamos un carro Willys blanco, nuestro compañero de viaje y un miembro más de la familia, su nombre era “El Chuncho”, era un carro por demás generoso, pues permitía que alcanzáramos absolutamente todos sin dar qué hacer. El camino lo acompañábamos con canciones y juegos liderados: unos por mi mami otros por su hermano…”la mar estaba serena…serena estaba la mar”….”yo tenía una mula rusia en la ciudad de Guayaquil…”, “Yo te daré, te daré una cosa te daré niña hermosa, una cosa que yo solo sé. Café”, cantos como éstos, (los que hacíamos con todas las vocales) de nunca olvidar, nos llevaban por caminos polvorientos de nuestra región, haciendo más corto y amable nuestro peregrinaje.


Uno de los sitios que preferíamos era un lugar llamado Pilcuan, nombre dado según cuentan los mitos, en honor a un guerrero valiente que defendió al pueblo de un gran mounstro que amenazaba con acabar con la gente de la zona. Ubicado entre Pasto e Ipiales de un clima moderadamente cálido y sobretodo acogedor.


[fotos archivo renixco]

Una vez elegido el sitio ideal, todos salíamos, y en grupos, cada cual a una labor, mi hermana menor y yo, nos metíamos en el rio y jugábamos con barro y piedras; mi papá se recostaba en algún tronco o a la sombra de un gran árbol de guayabas que al tiempo de darnos cobijo, nos proveía del exquisito fruto; mis hermanos y hermanas se reunían y si hay algo que recuerdo mucho, es que por lo general siempre estaban riendo, grandes carcajadas coreaban su cuchicheo, cuchicheo que mi papá aborrecía (supongo que por no poder participar de él) y vicio al que jamás pudo vencer, pese a sus incontables regaños y miradas furtivas de mi mami para que no le diésemos un disgusto al autor de nuestros días.


[foto archivo renixco]

Después del almuerzo y una vez dispuesto todo nuevamente en el canasto, salíamos a caminar. Siempre me parecieron grandes…grandes caminatas, en el andar, nos contaban historias de su pasado, de su dura niñez, quizá para hacernos entender cuán amable era el universo por dotarnos de una gran familia y de tanta comodidad, pero para mí, en mi mente, aun con la irreflexión de la niñez, en lugar de crear conciencia de esos momentos, lo único que atinaba a pensar era en un lugar cómodo donde sentarme y tomarme una gaseosa pues ya estaba bueno de caminar.

Ahora mirando hacia ese pasado me doy cuenta el por qué me gustan tanto las grandes caminatas, el por qué me encantan los paseos frente a la naturaleza, el por qué me arrulla y me roba el alma el sonido del agua al chocar contra las rocas, el por qué extraño tanto compartir con mis hermanos y reír de nuevo como entonces, el por qué añoro tanto las historias de mi padre tomados de la mano por esos polvorientos caminos que nos vieron crecer, reír, jugar y soñar.

sábado, 17 de abril de 2010

VACACIONES DE ENSUEÑO

Cuando llegaba la temporada de vacaciones del colegio, en los meses de julio y agosto, nuestros padres planificaban cuál sería nuestro destino. Algunas temporadas las pasábamos con mis primos, en su finca, hacia el norte de nuestra región (exquisitas vacaciones que luego les narraré) y otras veces donde el resto de la parentela, en un municipio ubicado al occidente del departamento de Nariño llamado Consacá, para que se hagan una idea, el ensoñador lugar, se extiende desde las faldas de nuestro bien-amado volcán Galeras hasta el cañón del rio Güáitara a unos cincuenta kilómetros de la ciudad que me vio nacer, Pasto.



[Vista de Consaca - Foto renixco-]

Por entonces, la única manera de acceder a tan bellos y naturales parajes era un transporte por demás sui-generis llamado chiva, el que servía de “exportación e importación” a toda clase de artículos y personas; no había posibilidades de palcos para las “gentes de bien”, todos formábamos parte de la misma carga, con suerte, podíamos encontrar asientos tapizados con lona roja y acolchados con una incipiente espuma de un centímetro, tachonados en sus bordes con “chinches” (de esos ganchos de cabeza dorada que se usan en tapicería), otros pasajeros en cambio, compartían sus sentaderas con los bultos de papa y yuca que se llevaba desde o hacia el mercado, abrazando ya su cerdo, ya su oveja, ya su gallina o en el mejor de los casos su mascota perruna cuya raza era imposible de descifrar dada la libertad “sexual” con la que cuentan estos fieles compañeritos en el campo.



[Iglesia de Consacá]

Había que madrugar a las cuatro de la mañana para alcanzar el carro que nos llevaría de paseo. Una vez llegados al pueblo, un tío de mi mami, mandaba caballos hasta la plaza donde descargaba la chiva y de ahí en adelante los mansos jamelgos conocedores de la ruta hacia la vereda, muy despacio y calmadamente nos llevaban en sus cansados lomos hasta Paltapamba, una hermosa vereda confeccionada a base de grandes plantaciones de café, plátano y cuanto producto engendre la tierra caliente. Una casa campesina nos esperaba con la calidez de una tulpa humeante en una cocina inmensa y oscura, sentada a un lado, la amable mujer del que llamábamos a boca llena, el Tío Julio, desgranando unos choclos para hacernos la “poliadiata”. No acabábamos de descargar nuestro menaje, cuando a nuestro encuentro salía el resto de la familia incluido los infaltables perros de las mismas razas desconocidas de la que fueran nuestros acompañantes en el viaje.


Los días pasaban muy a prisa en el campo, el tío empezaba su jornada y partía muy temprano en la mañana. En tanto que mis dos hermanas mayores bajaban al pueblo a encontrarse con los amigos, mi hermana menor y yo alistábamos nuestros trajes para bañarnos con una manguera que proporcionaba agua al beneficiadero. Según decían, venia del “mismísimo” volcán, debió ser de alguna montaña cercana porque en realidad se podía ver y sentir su frescura y pureza (era muy clara y helada) pero para nosotros como veraneantes era algo único y excepcional, pasábamos el día jugando entre los cafetales, quitándole el tiempo al buen mayordomo, quien en noches estrelladas acompañadas de un montón de luciérnagas nos deleitaba con melodiosas canciones extraídas de un instrumento nunca antes visto: una peineta y una hojita. No podían faltar las historias de miedo de las que nunca fui amiga, pero había que mostrar fuerzas de flaqueza y madurez para escucharlas, total y por fortuna todas dormiríamos juntas para acompañar nuestros temores.


[Casa del tio Julio Paltapamba]


A la mañana siguiente teníamos que ir al pueblo para recoger la encomienda que mi mami nos enviaba: obsequios para los tíos y muchas golosinas para la semana. Todo lo compartíamos, pero había algo que escondíamos de manera celosa y egoísta; eran los “masmelos” que guardábamos para llevarlos luego a un descampado oculto a los ojos de los demás visitantes, en complicidad con una de mis hermanas mayores, prendíamos una fogata con hierba seca y algunas ramas y en unos palitos de los mismos arboles que nos servía de escondite y refugio, hacíamos deliciosos malvaviscos solo para las tres, era nuestro gran secreto, nuestro gran, dulce y “empachador” secreto. Después de tal banquete, subíamos nuevamente a la casa, como si nada hubiese pasado por nuestras bocas.


[Fotos -renixco-]

Son muchas las vivencias de esas bellas vacaciones que me alargaría en contar, por lo pronto, los dejo con el olor a campo, a tierra húmeda, a estrellas; con el calor de sus sembrados y de la gente buena; con el sabor de un café recién tostado y con la imagen de una casa de tejas semejante a las que dibujábamos de niños, adornada por una estela de humo que indicaba que entre sus paredes había un hogar cálido esperando siempre por ti.

sábado, 10 de abril de 2010

¡CARRERA DE PUERCO!

CARRERA DE PUERCO!!

Pareciera ser que mis relatos fueran retomados de la fantasía y la imaginación; de alguna manera puedo decir que lo son, porque formaron parte de esa imaginación y de esa fantasía que viví en mi niñez. Paisajes, momentos, personajes, todos estos sucesos de la infancia coloreados por la memoria…todo se recuerda más luminoso…más grande… Mi papito acostumbraba a caminar muchísimo y nos guste o no, le acompañábamos en sus grandes caminatas, (es curioso entender cómo podía disgustarnos algo tan lindo como eso), de un lado tomaba la mano de mi mami, y del otro lado la de mi hermana mayor, con quienes ya se podía entablar conversaciones de grandes, porque ya eran señoras casadas, y atrás en la cola todo el resto del rondador. ¿Han visto los que venden paticos en la calle? Adelante van los papás y atrás en hilera los patitos, algo parecido era con nosotros, con la diferencia, que mi hermana menor y yo teníamos que ir adelante, donde nos pudieran mirar, no vaya a ser que en un descuido, los coleccionistas de tesoros se apoderen de nuestra niñez. Entre tanto mis hermanas y hermanos, atrás en un solo cuchicheo y carcajadas hacían gala de la independencia que les daba el poseer unos que otros años de mas. En el camino recogíamos toda clase de cosas, y las guardábamos en los bolsillos: piedritas, pedazos de vidrios de colores, hojas de diferentes plantas, y no faltaba el ramo de flores (le llamábamos flores de mote, no sé cuál sea su verdadero nombre) de esas que se crían en la hierba y son redondas como copitos de algodón; adornábamos el ramillete con algunas flores amarillas, también silvestres, que crecen en el filo de algunas aceras (diente de león), empuñando nuestro ramillete se lo ofrecíamos a mi mami y la pobre tenía que andar todo el camino con los ramos en la mano, y estar atenta porque nuestras miradas de tanto en tanto regresaban a verificar si tan honroso presente era debidamente custodiado; espantando los bichos habitantes de las flores, con una sonrisa, mi mami nos agradecía el hermoso obsequio. Otra de las cosas que siempre buscábamos al caminar, era un palito, que guarde cierta estética y dimensiones acordes a nuestras exigencias, dadas sus múltiples utilidades, éste nos serviría de bastón, de espada, de desarmador de hormigueros, de espanta-bichos… pero el uso principal del tal palito, era el de rascarle la panza a los puerquitos que encontrábamos en el camino. Ya les explico...


Por lo general, en el trayecto se encontraba amarrados en una estaca a nuestros amigos los cerdos, a mí, siempre me pareció que ellos eran unos animalitos felices, porque su expresión es de una constante sonrisa, por esa razón nunca les tuve miedo, mi papá nos enseño que con el mencionado palito les rascáramos la barriga y éstos por más grandes que fueran se quedaban quietos del gusto hasta que sus patas se empezaban a aflojar y caían echados de un lado, sin cambiar la expresión de satisfacción de sus rostros, lejos están los pobres de saberse invitados especiales a una buena chicharronada. No podía faltar entonces la anécdota correspondiente a este aprendizaje, un día de aquellos en los que repetíamos la labor con el palito, uno de ellos no estaba con tan buenas pulgas como los que conocimos en otras oportunidades, y al parecer no le causó ni cinco de gracia que le fuéramos a importunar rascándole nada, y enojado como estaba (con la misma sonrisa hipócrita de siempre) se soltó de la estaca y fue a por nosotros, mi hermana menor alcanzó a saltar a los brazos de mi mami, otra suerte tuvimos mi hermana mayor y yo, quienes tomadas de la mano echamos a correr presas del pánico pensando que la chicharronada para el puerco seríamos nosotros, todo el mundo trataba de atajar a la bestia embravecida, yo volteaba a ver para saber si tenía que detenerme o correr más a prisa, y veía como las orejas de animalejo, ondeaban en la carrera cual blonda cabellera al viento, no se por cuánto tiempo, ni qué distancia corrimos, recuerdo que fue mucho, hasta que alguien nos abrió una puerta y nos hizo entrar a la casa mientras afuera la gente gritaba y corría detrás del abusador, nuestras expresiones debieron ser de horror, porque con un vasito de agua nos calmaron, hasta que llegó mi papá para recuperar de nosotros lo que quedara, con una sonrisa burlesca, agradeció a quienes nos auxiliaron. Y regresamos a casa entre las risas y las burlas de mis hermanos, por miedosas y flojas. Sabe Dios cuántos años he tenido que soportar las bromas de mi familia a costa de mi “incontable sufrimiento”.

sábado, 3 de abril de 2010

!¡ A MERCAR !¡


Muchos de los eventos importantes en mi casa paterna y me atrevo a decir que en la mayoría de los hogares de entonces, ocurrieron alrededor de un buen plato de comida y en la mesa del comedor, de hecho los grandes sucesos de la historia se gestaron al calor de un gran cena acompañada con toda clase de bebidas y manjares. No estaba muy lejos mi familia de unirse a tales festejos, por aquellas épocas (como dice mi hija, al referirse a mi niñez y adolescencia), todo suceso era motivo de reunión familiar y obviamente un gran almuerzo. Aún cuando mi papá tenía a nuestro servicio dos empleadas internas en la casa, otra de fuera, dedicada al lavado de la ropa y una señora más, encargada de almidonar las camisas, era nuestro deber (al menos el de las mujeres) aprender a preparar toda clase de platillos; con una vanidad casi extravagante decía mi papá “mis hijas saben preparar desde una changua hasta un banquete”, y en efecto así era, desde las más pequeñas nos defendíamos en la cocina, empezando, porque eran mis hermanas mayores las que administraban el mercado.



Mi papito encargaba el dinero a una de ellas, quien escogía de entre todas las mujeres restantes a la que había de colaborarle en estas tareas. Las dos visitaban la plaza de mercado en busca de los mejores productos: ya abriéndose camino en medio de las hojas de un choclo para pellizcar un grano y saber si está tierno, ya buscando “papa parejita” huila roja, ya quebrando una yuca para saber si esta amarillita, o que el plátano verde no esté pintón… Fue de la mayor que aprendimos a regodear precios, a decirle - “pero hoy si amaneció brava”- a la señora enfundada en una ruana en su cintura cual coraza que protege su dinero, la gordura de sus años y su trabajo, cuando según nuestro saber y entender de la economía casera pensábamos que podíamos obtener mejores precios por los productos.


Aprendimos además a esquivar cajonazos y costalazos de los coteros a su grito de “ojo..ojo”, a probar fruticas sin preocuparnos de virus, bichos y demás animalejos, a comer mote en hoja; todos estos hechos no solo ayudaron a nuestra formación administrativa, sino también a obtener defensas personales y en el cuerpo. Después de esta ilustrativa clase, llegábamos a casa con una gran canasta de frutas y verduras y unos costales con el resto. Dejando la orden de organizar el mercado, salíamos a por la carne y el pollo que acompañarían el refrigerador durante la semana.

Este ritual era cada sábado y pasaba de generación en generación, mis hermanas se cuidaban de dejar uno que otro peso para el gasto de la semana, pan, leche, huevos y uno que otro gustico personal, hábiles administradoras eran, de tal suerte que nunca hicieron faltar nada, de ahí la confianza de mi papá, en dejar la casa a su cuidado. Una a una fuimos pasando, a medida que mis hermanas se casaban y se hacían cargo de sus propias familias. Para semana santa, que era una fecha especial en todo sentido, se mandaba a buscar unas buenas calabazas para la juanesca, se compraba en la plaza de manera especial lo que compondría este apetitoso potaje: ollocos, papa murita, choclos, habas, frijol y por supuesto maní; desde el día anterior se dejaba partiendo las calabazas y quitándoles las semillas, las que mi papá ordenaba se pongan a secar en la sala de estar para al otro día tostarlas, molerlas y preparar con ellas un exquisito ají. Desde muy temprano el jueves santo, se sentía en la cocina el movimiento de las ollas hirviendo con la calabaza, y nosotros a un ladito pelando las pepitas, una iba a la boca y otra para la paila de tostado. Acompañaba a este suculento plato, un pescado previamente aderezado y enharinado el que se freía al momento de servir con suficientes patacones.

El premio al comer todo, lo constituía el “postre” que constaba de una rodaja de papaya bañada por leche condensada, de reojo esperábamos a que mi papá se descuide para dejar el plato reluciente después de darle una buena mano de lengua a los restos del dulce que se resistían a la cucharita… Así en medio de la algarabía y risas de todos, disfrutábamos en nuestra mesa, de la bendición de tener una gran familia y un gran padre proveedor de bienes materiales, y amor….

sábado, 27 de marzo de 2010

MI ESPIRITU INQUISIDOR

MI ESPIRITU INQUISIDOR
Quién de niño no tuvo la hermosa experiencia de ver germinar un frijolito… En todo colegio, escuela y sitio que se precie de enseñar, se daba la cátedra de las innumerables posibilidades de la creación, quizá fuera en Ciencias Naturales o en Biología o botánica, en fin, al título de la materia restémosle importancia frente a la grandeza de lo que es la procreación y la reproducción en todas sus formas. Y por supuesto no estaba yo por la labor de dejar pasar esta oportunidad de poner en práctica mi espíritu inquisidor e investigativo. Nos enseñaron que dejando en un frasquito encima de un algodón embebido en agua, pasados unos días y cuidando su proceso diario, éste germinaría y se convertiría en una inmensa mata de fríjol. Mi excesiva actividad infantil, hacía que yo revisara el proceso cada minuto, llevé mi preciado frasquito cerca a la ventana de mi habitación, para que recibiera los rayos del sol que alimentarían a mi plantica y en efecto, el granito comenzó a reventar, y por uno de sus extremos comenzaron a salir pequeñas hojas en forma de corazón (a mi me lo parecía) y sus raíces se aferraban al algodón en busca del tan anhelado alimento…el agua. Como me di cuenta de lo fácil que era este asunto, busqué entonces más frascos y puse en ellos toda clase de granos que encontré: alverjas, lentejas, maíz pira (imagino que anhelaba tener una mata de crispetas), habas entre otros. Mi ventana parecía todo un invernadero, hasta papas y “ollocos” alcanzaron a formar parte de granja personal, mi papá, amante del orden y del buen gusto, no miraba con muy buenos ojos lo que para él era un gran desorden, sin embargo no me decía nada. Después de llevar mi tarea al colegio, pregunté cuál era el siguiente paso, que para efectos de la materia ya no era necesario aprender, pero yo no podía dejar de pensar en el momento en que mi frasquito me diera para cosechar el que sería mi sustento diario; es así como decidí trasplantar mis legumbre, leguminosas y hortalizas, al jardín de la casa, en medio de las violetas y debajo de unas plantas con flores matizadas entre rojo naranja y amarillo (llamas creo que les decían) sembré todas mis ilusiones…bueno…al menos parte ( mas adelante les cuento el por qué). Como dicen la mayores, al parecer “tengo buena mano” para las plantas, porque todo lo que sembré creció, es así como pude ver nacer una alverja envainada, vi las hermosas flores de mi planta de haba y enroscarse en círculos las acorazonadas hojas de un fríjol, también degusté la primera zanahoria de mi cosecha y el dulce sabor amargo de un rábano…A todas estas experiencias, mi papá siempre estuvo atento, celebrando, sin hacerlo notar, la felicidad que me daba ver todos los días mis planticas…Todo iba bien hasta que decidí incursionar en la reproducción animal, es un hecho un tanto vergonzoso, pero para librarme de este karma, se los voy a contar. En la televisión vimos como se hace para obtener un pollo a partir de un huevo (después de los nefastos resultados, me di cuenta cuan “destructivos” son los documentales a esa edad). A mi hermana le habían regalado, (quizá en algún cumpleaños) una lonchera en forma de maleta, con florecitas verdes y forrada en su interior, la que por supuesto yo siempre quise para mi, y ella nunca compartió, haciendo un paréntesis, en eso tengo que ser una delatora, (de mis manía y de las de ella), Por mi parte siempre me gustaba vestirme con lo ajeno, (lo llamaba mi mami) para mí, era un compartir, yo veía como mis hermanas mayores compartían sin problema, no entendía por qué no podía ser igual con mi hermana menor? no solo vestirme, también utilizar lo ajeno, tampoco tenía problema con que utilizaran mis cosas, cuestión de temperamentos. En fin, volvamos a nuestro asunto…Una vez tomado nota de los pasos a seguir para empollar un huevito, decidí utilizar la mentada lonchera para hacer mi propia incubadora, la forré con algunos retazos de tela para que cuando naciera el pollito no sintiera frio, desbaraté la lámpara de mi mesita de noche y le ubique bombillo a mi invención, saque un huevo de la nevera y lo acosté en el mullido refugio, cerré la maleta y la puse debajo de la cama y a esperar…Lo vergonzoso que hacía alusión hace un momento, es porque casi ocasiono un enorme incendio. Ese día tuvimos que salir todos de casa; al llegar, un horrible olor y una gran humareda llenaban las habitaciones y nadie sabía de dónde provenía, excepto yo, que corriendo subí y encontré mi proyecto consumiéndose ya en pequeñas llamas, el desastre pudo haber sido monumental de no haber llegado a tiempo, a pesar del daño que ocasionó mi travesura, no me regañaron, al contrario, ( y ya pasado el susto) ha sido motivo de burla durante años y ese ha sido mi mayor castigo…creo que haciéndolo público me libero un poco de ese trauma que me ocasionaron mis incursiones investigativas y científicas…

sábado, 20 de marzo de 2010

LA DANZA DEL BRILLO...

LA DANZA DEL BRILLO

Mi casa paterna, muy aparte de ser solo un refugio, era nuestro sitio de juegos, nuestra callada cómplice de diabluras, pero para que sea un lugar digno de tales apelativos, había que invertir tiempo y energía en mantenerla brillante, en aquellos tiempos todos los pisos eran de madera (como decía mi papá orgullosamente: de pino rooomerillo), exceptuando el sitio dedicado a la mesa de ping-pong y el salón que daba entrada al comedor y la cocina que eran de mármol, igualmente reluciente. El conservar éste lugar en condiciones de espejo, contaba con la participación de todos o casi todos los hermanos, quienes con viruta gruesa en cada pie, bailábamos la “danza del brillo”, era genial ver aquel ritual, todos de diferentes edades éramos uno solo con un objetivo común: dejar pelado el piso, y no les estoy hablando de un pequeño espacio, en la parte de abajo dos salas grandes adornaban un extremo de la casa, el estudio, la gran entrada principal, además del comedor y ni les cuento del segundo piso porque esa era misión para otro día, pues no podíamos abarcar todo los frentes sin quedar literalmente “echando la gota”. Entre risas y algarabía terminábamos agotados pero satisfechos. Había que continuar con la cera, una barra con un pinito ya amarillento en su empaque, no estoy muy segura de formar parte del selecto grupo dedicado a la encerada, creo que eso ya lo hacían las empleadas, lo que sí recuerdo, es que sendos periódicos adornaban el camino por el que habíamos de transitar para no dejar huellas y dañar la labor familiar, hasta continuar al siguiente día con la danza aquella. No se estilaba por esos días el uso de la brilladora aún, por lo tanto, había que recurrir a unos paños suaves en los que nos sentábamos los pequeños, mientras los grandes tiraban por los extremos, era una delicia, no sé decirles si mis hermanos lo disfrutarían en la misma medida que yo, porque para mí, aparte de compartir con los grandes que era una labor que me gustaba mucho, (para ellos no debió ser nada agradable tener que calarse a la metida hermana pequeña en tooodas partes) todo era un juego. Una vez que los muebles se disponían en su lugar, había que lavar las porcelanas de las vitrinas, ese era otro juego del que me encantaba participar. Se disponían varios recipientes encima de la mesa de ping-pong: uno con jabón y abundante espuma y dos más con agua limpia para completar el enjuague, alrededor de la mesa veíamos como sumergían pieza por pieza en un baño de espuma, al salir del jabón pareciera que las bailarinas, las muñecas y las flores que adornaban las jarritas, sonrieran de verse limpias y resplandecientes, era entonces cuando la recibía otro participante para quitarle los restos de jabón; un último baño daba paso a la mirada escrutadora de mi hermana mayor o la que estuviera haciendo las veces, quien después de asentir, colocaba la figura otra vez encima de “periódicos” (los compañeros fieles a lo largo de nuestra existencia) con dedo índice de advertencia de cuidarnos de pasar por esos lares y romper alguno de los preciados tesoros. Con pies de plomo y manitos atrás como nos enseñara mi papá, pasábamos a ver si ya estaban secas y si en verdad sonreían después de quitarles tanto polvo acumulado, producto de la pulida de los pisos....

Estos y otros muchos eventos de nuestra cotidianidad hacen, como lo dice Soledad Pastorutti en su canción el brindis, “que los recuerdos parezcan de otras vidas”, de alguna manera nuestro pasado es ya otra vida, para aquellos que no creen en la reencarnación, cada segundo de nuestra vida muere y día a día reencarnamos en un individuo diferente al que fuimos el día anterior y aunque con estos relatos retrotraigamos sucesos de nuestra infancia…nunca podremos volver sobre nuestros mismos pasos….

domingo, 14 de marzo de 2010

¡¡¡ A JUGAR !!!

¡¡¡ A JUGAAAAR !!!

Qué bella, tranquila y buena es la infancia, me doy cuenta que por aquellas épocas no había distinción de clases, ni económicas, ni sociales, simplemente éramos niños jugando. Nuestros más puros y nobles sentimientos los dedicábamos al pensamiento, y por aquel entonces esos pensamientos tenían un solo horizonte, “jugar”. Cuando llegaba el fin de semana, nuestro afán era el desocuparnos rápidamente de la comida para salir con nuestros amiguitos, todo el barrio se llenaba de niños de todas las edades y condiciones sociales: el hijo de la señora de la tiendita, los hijos del celador, el hijo de los señores que repartían la leche, en fin, un “heterogéneo grupo de homogeneidad infantil”. Salíamos con el último bocado aún sin digerir al escuchar el SI de mi papá (una vez que entre miradas con mi mami de habían puesto de acuerdo), respondiendo al que en turno le tocaba pedir el permiso; de la misma manera en la que llamaban a la puerta por nosotros, así también, corríamos de casa en casa a por nuestros compinches; después de reunir un gran número de amigos, decidíamos la labor de la noche, en ocasiones con la ayuda de los grandes saltábamos a la cuerda, era una soga gruesa y mágica que atravesaba la calle y nos permitía ver el futuro… ”monja…, viuda…, soltera…., casada…., divorciada”, no recuerdo cuál estado de estos correspondía al castigo, quizá por las condiciones católicas por herencia adquiridas en toda la comunidad, el premio sería para la monja y el castigo correspondería a la divorciada, la que tenía que tomar un extremo de la cuerda y dale a “batir” como se le decía entonces, hasta cuando cansados de ver un “futuro tan prometedor”, optábamos por jugar al “congel”, supongo que fuera el apócope de congelado, o al ponchado (algo parecido al mal llamado beisbol), al tope (los más refinados hoy le llaman “lleva”) y a pedir “tapo” cuando estábamos agotados de correr (hoy conocido y pronunciado como “taim”). Entre gritos y alegatos con el “ajuntador y el desajuntador”, la noche se hacía excesivamente corta aunque muy productiva, sobretodo porque antes de terminar la jornada hacíamos competencias con los mas avezados del grupo, por lo general eran los niños (y por supuesto yo, al mando) de ir hacia las tapias, donde crecía la hierba más larga y levantarla para coger sapos, sin escrúpulo alguno los reuníamos en nuestras camisetas y luego, habríamos un hoyo muy profundo en los montones de arena que servían para las construcciones aledañas y los metíamos, el que más sapos capturaba era el vencedor. En realidad lo que siempre esperábamos calladamente era que los batracios éstos, permanecieran toda la noche encerrados en el túnel que habíamos fabricado para ellos y tener la satisfacción de darles libertad al otro día. No entendíamos por qué a la mañana siguiente, habían huido los muy cobardes, sin dejar ni el más mínimo rastro de haber compartido el juego con nosotros… qué ingratos son a veces los amigos… Es extraño que en estos tiempos le tema a los bichos, toda clase de bichos…lastimosamente al aumentar el tiempo de llegar al final, mas temerosos nos volvemos, lo bueno e importante es poder guardar en la memoria estos momentos que por ser tan simples…son hermosos.

sábado, 6 de marzo de 2010

MI EXPERIENCIA CON EL GANADO

MI EXPERIENCIA CON EL GANADO

Empezando a escribir sobre mi vida, se agolpan en mi mente un sinnúmero de recuerdos todos quieren ser escritos y desordenan mi redacción, porque no sé si son: antes o después de cierta edad, bueno, pero lo importante no son las fechas, al fin y al cabo fueron vividos en estas dimensiones y a esas vivencias me remito.

De estudiantes, cuando mi hermana mayor se graduó, quedé sola en el colegio, al tiempo, la menor entró a bachillerato, por lo tanto estaba yo a cargo, anteriormente el bus escolar nos llevaba y nos traía entre la casa y el colegio, de pequeñas hasta bueno era el servicio, pero ya en secundaria era otro asunto, por esa razón y como yo estaba al mando, hablamos con mi papá y acordamos que desde ese día tomaríamos el transporte público, argumentando que algún día tendríamos que aprender a desenvolvernos solas por el escarpado mundo del “proletariado”. Mis argumentos debieron ser muy convincentes, porque mi papá accedió a tal petición y desde el día aquel, nos daba el dinero para el recreo y para el bus. Pero lejos de mi estaba subirme en tales aparaticos (al menos por el momento), en vista de mi facilidad para madrugar, muy temprano en la mañana estábamos en pie de lucha, bañadas, peinadas y perfumaditas, salíamos de casa en un caminar casi de trote para llegar a tiempo y así ahorrarnos lo del transporte, pero no solo era esta motivación, a esa hora por la calle, muchos estudiantes de todos los colegios iban y venían y nuestra preferencia era la masculina, pero no crean que por el título del texto de hoy me voy a referir a este tipo de “ganado”, ese es otro asunto el cual espero recordar y reseñarles en otra oportunidad…Un día normal, como tantos otros de aquellos que la rutina acompañaba nuestro andar (hecho, por obvias razones desconocido por mi padre), un tumulto de gente, gritos y carreras rompieron la cotidianidad de aquella fría mañana; mi hermana y yo, no entendíamos qué ocasionaba tal caos, cuando de la nada, como si fueran las fiestas de San Fermín, apareció un enorme toro blanco con grandes cuernos y una inmensa giba, corría asustado envistiendo a todo lo que encontró a su paso, con tal mala fortuna que atropelló a mi hermana dejándola tendida en el suelo inconsciente. Nunca he tenido un susto como aquel, al verla tendida en el suelo con su uniforme rasgado, solo atinaba a escuchar murmullos de la gente que decía “esa niña está muerta”, no sabía si se referían a mi por la palidez del temor o a mi hermanita, en realidad como dirían en un programa mejicano “fué horrible…fué horrible”, yo lloraba a sus pies, pedía que alguien me ayudara, pues no sabía qué hacer, sólo cuando mi peque abrió los ojitos, pude pensar con claridad, la claridad que un tercero o cuarto de bachillerato me permitía, (no muy sesudo por cierto) pare un taxi y con la ayuda de un buen samaritano, la subimos al vehículo, entre “ayes” y desmayos la llevé a un hospital, una camilla la recibió, fue entonces cuando le di un beso, le dije que todo iba a estar bien y corrí a casa. No les miento si les digo, que no paré de correr en una sola respiración, mis lagrimas se secaban con el viento en la carrera, orando para que mi hermanita no muriera; hasta el momento no había pensado qué mentira le diría a mi papá para justificar nuestra ubicación, porque sabía, que después de pasado el susto, él lo preguntaría, eso no era importante por ahora, y de hecho ni lo recuerdo. El mugroso toro, y coprotagonista de esta parte de mi vida, le había quebrado la clavícula a mi hermana, aparte de romperle y revolcarle el uniforme (pese a ello, estoy en contra de las corridas de toros). Supimos por los diarios locales después, que la res, había escapado de un camión al descargar el ganado en alguna parte de las afueras y asustado en su loca huida, no solo atropelló a mi hermana, sino que también hizo muchos estragos en la ciudad, tanto sería, que fue noticia periodística. Mi hermana tardó un buen tiempo en recuperarse y soportar la incomodidad del yeso, entre tanto por esos días, nos llevaban al colegio en el carro, después de eso…volvimos a las andadas….

sábado, 27 de febrero de 2010

DULCES Y MAS DULCES

DULCES Y MAS DULCES
Cómo es de grato, tener memoria gustativa y olfativa, éstas resultan ser más poderosas que todas las demás, guardo en mi paladar el sabor de esas navidades, cálidas llenas de gente, de comida y gracias a mi papá todo en abundancia, hasta abundancia de hijos, éramos nueve hermanos, todos con gustos y temperamentos muy diferentes, aliados de dos en dos y de tres, dependiendo de las edades y la clase de pilatunas por hacer, de todas formas en esas temporadas había una mayor complicidad entre todos, por aquello del espíritu navideño, hechizo que se deshacía al finalizar carnavales. Pero déjenme contarles cómo era ese mes; teníamos en el comedor un mueble de alacena de pared a pared el que se llenaba de colores dulces. En recipientes de cristal, un conjunto de exquisitos aromas se confundían y envolvían el ambiente en un arcoíris de olores y sabores que invitaban a pasar el dedo para darle una “probadita” sin tener que recurrir al plato y a la “cucharilla”. Las mujeres participábamos de la elaboración, las mayores al mando en el fogón y las menores pelando, despulpando y probando de tanto en tanto. El dulce que más me gustaba era el de tomate, su sabor entre dulzón y ácido me provocaba la misma sensación que nos da el ver escurrir un limón, (a que se les hizo agua la boca no?), para que no se queden con las ganas les explicaré como se hace. Se compran tomates de árbol (del común); como el sabor de la cascara es amargo, es necesario ponerlos en agua caliente hasta que su cáscara reviente, se los retira del fuego y se los pela, teniendo cuidado de no cortarle la colita del fruto, aparte, se hace un almíbar con azúcar y clavo de olor y se pone a calar el tomate; se retira del fuego cuando el sabor del almíbar se haya fusionado con la acidez del tomate y se torne un poco espeso, pruébenlo…es delicioso. A esta preparación la acompañaban los dulces de guayaba, chilacuán ( o papayuela), de mora, de leche, de leche cortada, de brevas, de papaya (era el que menos me hacía gracia) entre otros. Mi papá, que gustaba caminar con las manos atrás, pasaba por el comedor y cual gato relamiéndose los bigotes, miraba con satisfacción el poder proporcionarnos tales manjares. Llegada la hora del almuerzo, el jefe del hogar presidía la enorme mesa, su puesto era diferente, tenía brazos, era una especie de trono, a un lado mi mami y distribuidos a los lados todos nosotros, había un puesto reservado para el hermano mayor, que era el otro extremo de la mesa, era como un derecho, si alguien atinaba a sentarse en ese lugar, sin mediar palabra, había que retirarse a la llegada del rango superior.
Un gran vaso de champus con mucho mote, piña y lulo servía de entrada al plato fuerte, teníamos cucharitas especiales de mango largo para poder alcanzar hasta el último rincón del vaso, y al terminar, un plato con “toooodos” los dulces cerraba con broche de oro el almuerzo, nadie podía retirarse de la mesa hasta que el último terminara, en tanto eso sucedía y mientras los grandes hablaban de la oferta y la demanda, la economía, la política y los vecinos; mi hermana menor y yo jugábamos debajo de la mesa (hecho que según cuentan mis hermanos, también lo hacían cuando niños), molestándoles los pies a todos; hasta que un gran golpe en la cabeza contra la mesa, nos anunció que ya estábamos grandes para andar en esos juegos de niñas……

sábado, 20 de febrero de 2010

FRESAS A LA RENIXCO

FRESAS A LA RENIXCO
Hoy, quiero acompañar mi relato con una deliciosa y calentita aromática de fresa, o si lo prefieren llamar a la preparación té de fresa, una de mis frutas preferidas, una vez que lo preparen, se sientan conmigo a leer lo que tengo que contarles; los ingredientes son sencillos: fresas, canela, clavo de olor, azúcar, agua y si desean un poquito de vino dulce. Se dice que la fresa (y la frambuesa) son de las pocas frutas que se pueden comer en las noches por aquello que las frutas para el organismo son, en la mañana oro, a medio día plata y en la noche, lata. Bueno, manos a la obra. Toman una porción de las fresas, las lavan (con abundante agua y un poco de bicarbonato, este ayuda a la desinfección de la fruta) le quitan las hojitas y la parten en rodajas pequeñas, las llevan al fuego con el vino, azúcar, clavo de olor y canela (los que no toman vino pueden agregar cualquier licor, es para realzar el sabor de la fruta, al final la porción de alcohol se reduce y evapora), deben estar pendientes porque cuando hierve puede rebosar el recipiente, en ese momento se reduce el fuego hasta que se convierta en un delicioso y aromático melado, (ojo! Que no necesitamos que se caramelice). Hecho este paso, reservamos y tomamos la otra porción de fresas, la licuamos con suficiente agua, cernimos y llevamos al fuego, no es necesario hervir demasiado. Preparemos la taza que nos va a acompañar en esta tarde, vertemos el agua de fresas calentita y la endulzamos con el melado que preparamos, así, nos queda una sencilla y nueva forma de degustar un té con trocitos de fruta dulce. Al calor de la preparación, vienen a mi memoria los sabores y aromas de los dulces en navidad, cómo eran de emocionantes las vísperas de estas fechas, mi papá mandaba a comprar toda clase de frutas frescas al mercado para los dulces y el maíz para el champus, todo se movilizaba en la casa, porque también se llevaba gallinas, que las amarraban al madero del molino del patio de la casa, al que yo no sé por qué razón llamábamos huerto, si era de cemento y nunca se sembró nada. De las gallinas nos encargábamos mi hermana menor y yo, y terminábamos encariñándonos con las benditas, liberándolas de su yugo y haciéndoles cama para que su corto peregrinar por estas tierras sea menos doloroso. Pero el final era el mismo, no éramos lo suficientemente valientes para presenciar el sacrificio, pero estábamos prestas al desplume, era todo como un ritual. Las empleadas se encargaban de literalmente “torcerles en cuello” a las desventuradas y con mis hermanos en medio de una gran cocina que adornaba nuestra casa paterna, cogíamos palco alrededor de un “platón” (plateado) en el que se ponían las gallinitas dando su última exhalación, era en ese momento cuando del fogón dos ollas de agua hirviendo bañaban el plumaje de las sacrificadas aves y se continuaba pluma a pluma hasta quedar “in-pudorosamente” peladas. Seguíamos minuciosamente todo el proceso y casi nos daba la medianoche. Cuando terminaba, todos abrazábamos la cobija que nos había servido de abrigo en la dura faena y subíamos a las habitaciones, bostezando y pensando en el rico pollo que nos esperaba al otro día. Lo de los dulces se los cuento en otra oportunidad, porque con tanta comida ya me dio hambrecita a ustedes no?

martes, 16 de febrero de 2010

MI AMADA CIUDAD DE PASTO

MI AMADA CIUDAD DE PASTO


Antes de continuar con la historia de mi vida, quiero hacer un paréntesis para contarles otro cuento, que espero me ayuden a complementar, cada uno de ustedes con sus propias experiencias y recuerdos que alimenten éste, por así llamarlo, homenaje a mi ciudad…
Hace algunos días una amiga de la infancia me envió un correo con unas fabulosas estampas de lugares hermosos de Bogotá comparándolos con los mejores sitios de Francia, Londres, Tokio y muchos más, llenos de luces y colores que hacen que tu alocada compañera llamada mente vuele en las alas de la imaginación y salte entre los colores y los paisajes de nuestra capital.



Pero mi espíritu provinciano, aquel que me ha permitido disfrutar cada día en mi pequeña pero amada ciudad de Pasto, logró una vez más que los recuerdos de cosas, personas y lugares tomaran un nuevo significado, con más colorido y mas calidez por lo que cada una de ellas representan, son los momentos sencillos de la vida los que dan el verdadero sentido a nuestro caminar como , el calor de nuestra gente, los hermosos paisajes, la calma de un domingo en las calles, los chupones del Juanito (hoy, labor heredada por su hijo Jaime, debido a quebrantos de salud del padre), el merengón del parque infantil, los cuyes de la 40, los mercados de ojo al centro comercial valle de Atríz y Sebastian, el hornado de Bomboná, los conciertos del banco de la República, las bellísimas melodías del Maestro Pazos en la sala de Música, el teatro Aleph, la aromática de frutas y hojitas de hierbabuena en la catedral, el tieeeeeempooooooo y espectadoooooooorrr los domingos en la mañana, el grupo celeste con su música de planchar, el volcán galeras, el rico frio que lte obliga a querer estar abrigadito entre dos, las allullas del obrero y las Américas, mi familia, mi hermosa y gran familia y todos mis amigos; todas estas cosas y muchísimas más, hacen que yo prefiera a Pasto por encima de cualquiera otra ciudad...Como verán, hay muchas otras cosas que se me escapan, las que espero en sus comentarios me ayuden a recordar….

domingo, 7 de febrero de 2010

Y DE LA MUSICA QUÉ!!!
Retomando mi relato, entré a estudiar, recuerdo que me compraron una gabardina hermosa con muchos bolsillos y gran cinturon, completando el ajuar de un invierno Londinense, una sombrilla rosada, ambas cosas eran más grandes que yo, sin embargo orgullosa y ansiosa como estaba, llegué al colegio y en medio de todos los niños, en la fila me sentí sola, y tan miedosa, que llorando corrí a los brazos de mi mami por supuesto, no quería quedarme, fue entonces que una "bellisima" profesora, de la cual aun tengo el rostro grabado en mi mente, me arrebato de los brazos de mi mamá y me tranquilizó, pero no me dejó en mi puesto, me tuvo en sus brazos todo el tiempo para que no llorara más; se llamaba Ana Lucia, estuvo dos días más conmigo y después ya nunca la volví a ver, creo que salió del colegio, o quizá fue un ángel que me acompañó hasta que me calmara. Al contrario de ella, mi directora de grupo era una maestra terrible, se llamaba Josefina y me castigaba mucho, de muy “malas pulgas” con todos, le temíamos más que al “mismísimo coco”, cuando la veía, me antojaba a las brujas de los cuentos que tanto disfrutaba leer, tenía uñas largas y afiladas, y al igual que la señorita Ana Lucía, su rostro, sus uñas y sus reglazos me acompañan hasta ahora en mis recuerdos. Debí ser muy inquieta para que ella se ensañara con mis pequeñas manitos
Pero no todo fue malo, pasé momentos muy bonitos también, sobre todo con la música, me llevaban a cantar a todo acto del colegio tanto de primaria como de bachillerato, amenizaba cuanto evento se daba en el colegio, me acompañaba siempre con su guitarra un dulce profesor, un hombre alto de rostro bondadoso vistiendo siempre un traje gris, nunca supe si era el mismo traje o es que tenía muchos trajes grises. El público grande o pequeño nunca fue un problema, creo que me acostumbré al público porque desde muy niña mi papá me llevaba a las reuniones de los clubes sociales a los que él pertenecía y yo hacía las delicias de los asociados y sus familias, el Maestro Jorge Villamil tenía en mí, a una de las mayores intérpretes de su tema “Los Guaduales”, que en ese entonces ya lo entonaba como se cantan los vallenatos de hoy en día “con sentimiento compadre” tal era la destreza infantil que podía combinar fácilmente la guabina (de los guaduales) y terminar cual cosaco bailando kasachok con inclinada y alzada de pierna. Al bailar, la sangre campesina ucraniana y rusa (me imagino que de algunos seres de mis vidas pasadas) se apoderaba de mi menudo cuerpo y entre aplausos y vivas, al terminar, corría sonriente a sentarme en las piernas de mi papá muy satisfecha por la labor cumplida. Bellos momentos vividos en un hogar muy hermoso, compartíamos mucho en familia aunque no les miento que cierto temor a mi papá hizo que mi espíritu aventurero se aplacara un poco. Mi padre, un hombre maravillosamente estricto, y cariñoso, implacable en sus castigos y decisiones, honesto, caballero, elegante, de una inteligencia superior a la normal, de ahí mi gran reto por no poder llenar sus expectativas de superación, él decía que con mi inteligencia yo no podía ser solo la mejor, sino la mejor entre las mejores. A veces pienso que lo decepcioné, siempre fuí buena en lo que hice, pero creo que nunca pude ser lo que él quería de mi, pese a ello siempre sentí su gran amor a mi lado. No he vuelto a conocer a un hombre como él. ¡Cómo lo extraño! Nunca fue ni mi amigo, ni mi confidente, ni tan siquiera mi hombre de confianza, pero fue un excelente padre, certero en sus conceptos y opiniones. Hoy por hoy, reconozco que los castigos de otrora, sus regaños, sus consejos y sermones, me formaron con un gran carácter, capaz de sobrevivirme y sobrevivir a la actual educación y formación de mi adorada hija…..

domingo, 31 de enero de 2010

MIS PRIMEROS PASOS POR LA IMAGINACION

Entre otras de las cosas que a partir de la creación de esta página recuerdo, es: que la música y la lectura siempre han acompañado momentos muy importantes en mi vida, me encantaba cantar y leer, mi hermano me enseñó a leer en casa, antes de entrar al colegio, (en ese entonces mi hermano aún era dulce y paciente) dado mi afán por tomar libros de la gran biblioteca de mi padre, llenaba cuadernos y cuadernos de rayas y garabatos pensando que al seguir los trazos de mis hermanos haciendo sus tareas, me saldría alguna espectacular novela que llenaría de orgullo a mis padres cuando llegaran del trabajo.


Pero nunca fueron más que eso, rayas y garabatos, me parece ahora que esa es la razón por la que me fue tan fácil aprender a escribir y a leer de corrido. Recuerdo con claridad y aun guardo la sensación aquella del día en que pude leer oraciones seguidas, no se los puedo describir con palabras de ese momento. Hoy comprendo, que lo que sentí, fue un gran amor por mi y un inmenso orgullo cuando lo logré con tanta facilidad, y creí una vez más que el mundo estaría a mis pies. Fue fabuloso, siento que es de las mejores cosas que hice de niña, leía todo: los carteles de la calle, las palabras de plaza sésamo, las escribía y las repetía, escribí todas las letras de las canciones que me gustaban. Hasta dónde llegaría mi ingenuidad, que mi amiga imaginaria no era ni una princesa de cuento, ni un hada, ni Peter Pan en busca de un nunca jamás; era nada menos y nada más que una monja, rectora del colegio de una de mis hermanas mayores, personaje a quien le mostraba mis progresos literarios…”mi mamá me mima”…mi mamá me ama”; ansiosa esperaba a que el día termine para contarle a mis padres cómo había sido mi día con la supuesta monja, inventando historias y palabras que por supuesto nadie desmentía, de ahí creo que viene mi gran imaginación y mi deseo de vivir la vida bajo un sueño; con el cuaderno bajo el brazo, (era un cuaderno de rayas con la pasta verde claro, el horario en un lado y las tablas de multiplicar por el otro) esperaba a que mi papá llegara a guardar el carro al llegar de trabajar y el gran paseo en día ordinario, era subirnos ese minúsculo espacio de tiempo hasta que el carro quedara protegido en el garaje y en solo ese corto lapso de tiempo con un chorro inagotable de palabras, les contaba un montón de historias unas ciertas y otras creadas. Lo gracioso de esta parte de mi historia, es que mi mamá al ver el interés por la monjita aquella, un día me llevó a conocerla, creo que mi mente bloqueó ese momento, no recuerdo absolutamente nada de ella, lo único que se, es que a partir de ese día, nunca más tuve amigos imaginarios ...o quizá... tal...vez...maduré.

Lo de la música es otro cuento que me lo reservo para otro día, les parece?

lunes, 18 de enero de 2010

DE AQUELLOS DIAS.....

DE AQUELLOS DIAS….
Una vez más se apodera de mí la musa inspiradora de mi destino y me lleva a caminos ya recorridos, pisadas, huellas, dolores, alegrías y algunas que otras sinrazones. Sin saber cómo ni por qué he decidido continuar con esta tarea que de una u otra forma me sirve de catarsis para las melancolías que aun guarda mi corazón, o quizá podamos llamarlas añoranzas, añoranzas de mi niñez, de la felicidad que da esta gran irresponsabilidad, recuerdo, cuando era niña y tenía algún examen en el colegio para el cual no me había preparado, para mis adentros envidiaba cómo era de fácil la vida de mi papito y de mi mami, porque ellos llegaban de sus respectivos trabajos a la hora del almuerzo y después de degustar suculentas viandas se recostaban los consabidos cinco minutos, no sin antes caminar alrededor de la cuadra (vieja costumbre de mi papa) otros tantos minutos, ellos, solo tendrían que volver a su trabajo y no preocuparse por nada. En cambio yo, pobre estudiante sacrificada por el saber, después de una larga jornada en el colegio (antes se estudiaba en la mañana y en la tarde) llenando mi mente de más de diez materias en un año escolar, confundiendo a Vasco Núñez de Balboa a quien lo hacía subido en rocinante, llevando mirra y oro a Herodes para que no tome represalias contra los moros quienes eran enemigos acérrimos de los hunos, que en ese entonces, pensaba yo, que fueron nuestros primeros pobladores (por aquello de hunos, suponía que después de ellos vendrían los “hotros”). Acabada de llegar del tortuoso camino de la sapiencia y luego de tomar un cafecito con pan de ombligo y nata, (el ombligo del pan, nos peleábamos con mi hermana por guardarlo de regalo para mi mami) había que seguir estudiando para la prueba del otro día y no contentos con eso, en el colegio exigían que se firmara la libreta de deberes después de haber recitado de memoria toda la lección; como dice la poesía aquella “….que duro es tener siete años…más me valieran veinte” . A pesar de mi corta edad, sabía que mis padres llegaban cansados de trabajar (muy considerada yo) y para no molestarles, esperaba que el sueño y el cansancio aletargara su entendimiento y les llevaba a firmar la libreta, asegurando de manera vehemente el cumplimiento del deber, de tal modo que no había necesidad de incurrir en desconfianzas inútiles y pérdidas de tiempo, en tomadas de lección. Así pues, terminaba mi jornada pensando en el día en que no tenga que preocuparme por darle lecciones ni rendirle tareas a nadie. Ya se podrán imaginar cuán lejos estaba de ser sencilla la vida de mis padres; y hoy, al terminar el día, veo con la misma envidia de entonces, aquella “feliz irresponsabilidad” -que les menciono al principio de este cuento- con la que mi hija se despide de mi, con un gran beso y gran abrazo esperando al otro día encontrar su desayuno con pancito de ombligo pero sin nata, porque la nata engorda…….

miércoles, 13 de enero de 2010

SEGUUUUUDIIITAAAAAAA

Para hacer el cuento corto (como dice mi mami después de dos horas de habernos contado con lujo de detalle alguna película), voy a continuar con la novela (esto se está poniendo al estilo mil y una noches remasterizado)…en qué quedamos? Ah si, les decía, que visto lo visto, hoy no parece tan importante, pero en ese momento el asunto pintaba muy, muy grave; sobre todo porque el protagonista de esta novela siguió su rumbo tranquilamente para Cali, en tanto yo, hecha la enamorada, estaba sola, de noche, sin un real, y con el susto de llegar a casa. Por supuesto cuando llegué me toco pedir asilo político donde una de mis hermanas porque el antagonista (léase mi padre) así se le llama al que hace de malo en la novela cierto? Cumpliendo su papel de educador me cerró las puertas de su corazón durante una semana por esa gran desobediencia, tiempo durante el cual una serie de mediadores en el conflicto (léase hermanos) a través de conversaciones y diálogos lograron un acuerdo de paz, tras la promesa entre golpes de pecho y rasgado de vestiduras, que mi padre, mandara a matar el mejor becerro y recibiera en su seno a la hija que estaba perdida. Bueno… bueno no fue tanto así, de todas formas creo que después del susto aprendí una gran lección ya no recuerdo cuál, pero lección al fin.

Este tipo de situaciones son las que en un momento dado marcan una etapa importante en nuestras vidas, lastimosamente ninguno de estos disgustos que les dimos a nuestros padres pueden ser ya remediados, lo importante como me dijo un día mi mami al respecto de este tema, es que hoy tengamos la conciencia de aceptar esos errores pasados y ojalá perdonarnos a nosotros mismos que resultamos siendo nuestros peores jueces.

Esta temática está tomando visos muy trascendentales, así que creo mejor dejar e irnos a otro recuerdo, pero eso no sucederá sino hasta la próxima vez, que me atropellen uno de esos arrebatos por escribir y escribir y escribir, aunque sea solo de mi vida…